Otra vez Gibraltar

La Razón
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Serpiente de verano o sólo una lagartija, ha aparecido nuevamente el tema de Gibraltar. Desde la humillante visita de Moratinos al Peñón no había surgido más que para hablar de la ayuda de la Policía gibraltareña a contrabandistas o por sus acciones contra pesqueros españoles. Como tampoco venían submarinos nucleares a limpiar fondos, o para vaciar retretes y echar al mar material radioactivo, no había noticia. Tampoco nos contaban nada de esos petroleros que en medio de la bahía o del Estrecho metían petróleo barato al primero que pasaba por allí, ensuciando unas aguas que no eran suyas. Y es que la zona de Gibraltar, gracias a Su Graciosa Majestad, es zona restringida para impedir que se cumplan las leyes internacionales, nacionales, locales y hasta las de comunidades de vecinos.

El panorama español ha sido algo desolador, porque Picardo y sus mantenedores británicos han tenido sus apoyos en esta España que es, a veces, irreconocible. La señora Valenciano sigue empeñada en que estos problemas se solucionan «dialogando». Como debió nacer anteayer no sabe que si Franco ordenó cerrar la Verja en 1969 fue porque Gran Bretaña se negaba a sentarse (precisamente) a «dialogar», desoyendo a las Naciones Unidas, organismo que, gracias a Castiella, pudo enterarse, no sólo del problema de Gibraltar, sino de dónde estaba situada la colonia.

Y hemos tocado un punto peligroso: la postura firme de España al cerrar la Verja, que proporcionaron a Gibraltar y a su colono británico trece años angustiosos porque, no sólo no entraba una guinea en el Peñón, es que le costaba una pasta alimentar a los llanitos, que ni siquiera habían pagado la Seguridad Social.

Se ha llegado a publicar que la Verja la cerró Marcelino Oreja con su colaborador Rupérez, olvidando que Oreja era ministro de UCD, con Franco ya residente en el Valle de los Caídos, y silenciando el obligado protagonismo de Castiella. Incluso se ha hablado del «Libro Blanco» de Gibraltar que Castiella repartió en la ONU, cuando el libro era «Rojo». ¿Un raro caso de daltonismo?

La posición de España parece fácil, pero al meterse los políticos y cierta prensa por medio la cosa se complica. Habría que preguntar a Cameron si se ha de cumplir o no el tratado de Utrecht. Si se ha de cumplir, devolución inmediata de la zona del aeródromo; retirada de chiringuitos de sus playas porque ya no hay playas, el mar que rodea el Peñón pertenece a España; cierre de todo paso hacia la España no colonizada todavía; pase a las protestas de Picardo, porque el único gobernante de Gibraltar es un británico que nombra Londres...

Y la otra opción: ya no hay tratado de Utrecht. De ser así la posición está muy clara: devolución de la única colonia existente en Europa que un aliado tiene en territorio de otro aliado. Y si la respuesta es no, pues ¡leña al mono! Porque toda actitud española ya no está limitada por el único tratado que Gran Bretaña respeta desde la invasión de Guillermo el Conquistador.

La soñada y deseada política de España frente a la depredadora colonia británica deberá ser ésta: inmediata petición de diálogo con una hoja de ruta previa donde se exponga lo que España reclama. No vale sentarse en una mesa como en Panmujon, entre coreanos del norte y del sur, todos silenciosos y mirándose las caras.

Y si no hay diálogo, cierre inmediato de la Verja a cara de perro; anulación del aeródromo y negándole nuestro espacio aéreo; intensificación de la lucha contra los contrabandistas; mano dura con las empresas españolas que meten dinero negro en Gibraltar; quitar todas las líneas de teléfono que Zapatero regaló a los antipáticos llanitos e impedir el fondeo de cables submarinos que enlacen el Peñón con sus colonos de Inglaterra. Y, sobre todo, mantener esta postura sea cual sea el partido que gobierne, aunque aquí va a estar el problema, porque el peor enemigo es el de dentro, no el de fuera.

La confianza en la firmeza de nuestros políticos en política exterior está casi bajo mínimos, pero en la historia de España se han producido hasta milagros, y ahora esperamos uno.