Próxima parada: La realidad

En la batalla intelectual que se va a dar en los próximos años en Cataluña contra el supremacismo regional van a ser importantísimos los valores de la catalanidad mestiza. Cataluña. España. Europa. Democracia sin trampas. Cataluña demostró ayer que tiene otra cara

Dos barceloneses ven por la televisión en un bar la manifestación de ayer en la capital catalana
Dos barceloneses ven por la televisión en un bar la manifestación de ayer en la capital catalana

En la batalla intelectual que se va a dar en los próximos años en Cataluña contra el supremacismo regional van a ser importantísimos los valores de la catalanidad mestiza. Cataluña. España. Europa. Democracia sin trampas. Cataluña demostró ayer que tiene otra cara.

El día anterior, a eso de las ocho de la noche, me empezaron a llegar rumores de que aquello podía ser mucho más grande de lo que se preveía. Estaba en Bilbao por razones de trabajo y recibí varios mensajes desde Barcelona. Por lo visto, la iniciativa de Sociedad Civil Catalana había calado y se hablaba de que ya habían doscientas cincuenta mil adhesiones en la capital catalana para el acto que se iba a celebrar al día siguiente. Me levanté a las cinco de la mañana y viajé a mi ciudad natal. Nada más llegar a la estación de Sants, comprobé que el ambiente era mucho más animado que el de una habitual jornada dominical: gente por todas partes, trenes abarrotados y dificultades en los accesos. Muchas banderas y pañuelos; más como indumentaria que en la punta de mástiles, como si hubiera una intención general (casi simbólica) de renunciar a cualquier tipo de palos. Se ve también, aquí y allá, mucha policía paseando. El ambiente es relajado y festivo contando incluso con esa presencia. De hecho, en el aire de fiesta cívica participa también una cierta voluntad de aproximación a los policías, una especie de reconciliación del ciudadano con las fuerzas del orden. Los agentes, que al fin y al cabo tienen su corazoncito, quieren disimular, pero se les ve un poco contagiados de esa espontaneidad. El tiempo acompaña, entregando un domingo soleado de temperaturas perfectamente agradables. Los grupos son pequeños pero innumerables; más con forma de familias que de batallones. Prima el optimismo y algo de humor con un punto de euforia; la euforia del reconocimiento entre ellos: gente que piensa de manera similar pero que nunca había considerado que ese hecho fuera tan importante o necesario como para tener que salir a la calle a visualizarlo.

Bajo al andén y los vagones van completamente llenos, de una manera ordenada, sin aglomeraciones. Todos viajan sentados sin asientos libres. Los niños corretean en grupo por los pasillos, jugando entre ellos y contándose cosas. Los pequeños más inquietos se suben a las ventanillas y pasamanos. En conjunto, el ambiente resulta como de fiesta dominical de fin de curso. El lugar en el que cuesta más caminar es en los ándenes, donde la absorción de la multitud que va llegando en los constantes trenes es lenta y quedan repletos. Arriba, en el vestíbulo de la estación central, Pablo Iglesias, que se dirigía a tomar un tren hacia Madrid, se encuentra de golpe caminando contracorriente y, de una manera espontánea, se lleva un soberano abucheo que ríete tú de Piqué. Salgo al exterior y, puesto que el signo de la manifestación es doméstico y familiar, no es extraño comprobar que en lo que se corea manda el espíritu de los memes de las redes, o sea: mucho humor. Se oyen eslóganes como: «Y ahora diréis que somos cinco o seis» o «¿Dónde estás TV3? Ni te vemos, ni nos ves». La mayoría silenciosa resulta que era consciente también de ser la mayoría silenciada. Parece ser que los desgraciados hechos del 6 y 7 de septiembre en el Parlament han hecho nacer una nueva rebeldía con la que nadie parecía contar y que ahora hace su aparición con fuerza en el escenario. Solo con salir un domingo de paseo todos a la vez (sin himnos ni gravedades, solo con canciones populares y chistes) les sacan los colores a Puigdemont y a Junqueras y habilitan a Europa para preguntar: «¿Y toda esta gente qué? ¿Era este el supuesto mandato democrático?».

Sigo la pista de toda esa multitud cuando ya va de vuelta y la acompaño en los trenes de cercanías por ver en cuales estaciones se apean e indagar su origen. En menos de media hora, puedo comprobar el peso de todo el cinturón rojo barcelonés en la población catalana. Municipios como Viladecans, El Prat, Esplugues, Sant Boi, Gavá, Castelldefels, proporcionan riadas de gente que quieren oír los argumentos de un premio Nobel y de un ex presidente del Parlamento Europeo. Es curioso también hacer una cata sociológica de edades, simplemente a ojo: si el independentismo se alimentaba en sus movilizaciones de muy jóvenes o muy viejos, aquí prevalecen las edades medianas; treintañeras, cuarentones, cincuentones. Clases medias, trabajadores, familias donde se ve más de una generación. Están los abuelos de la inmigración que llegaron hace medio siglo a Cataluña y soñaron con integrarse. Van con sus hijos, ya maduros, y comprueban emocionados que han conseguido crear su propia integración a medida, probablemente porque la de signo paternalista que le ofrecía la burguesía autóctona se parecía demasiado al esclavismo.

En la batalla intelectual que se va a dar en los próximos años en Cataluña contra el supremacismo regional, van a ser importantísimos los valores de esta catalanidad mestiza. Cataluña. España. Europa. Democracia sin trampas.