Suárez Illana: de tal palo tal astilla

La Razón
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Una tarde de invierno muy vallisoletana, me dijo Adolfo Suárez Illana, el hijo mayor del primer presidente de la democracia, a las puertas del Campo Grande: «¿Qué es hacer el bien?.. Pues no es otra cosa que querer y querer. Que amar mucho». En esta hora del adiós, en la que todos opinan sobre del padre y parecería que nadie le hizo pupa, o si se la hizo fue sin querer, y que todos le adoraban -y es mentira-, yo voy a hablar del hijo mayor de Adolfo Suárez. Del que lo ha sostenido y ha levantado con él la vida, mañana tras mañana, desde hace once años. Y lo hago por dos motivos: el primero, porque nada agrada más a un padre que hablen con respeto, admiración y cariño de un hijo suyo. Y porque, bien pensado, no encuentro mejor manera de rendir homenaje a Adolfo Suárez que ésta. Suárez Illana ha cuidado discreta e intensamente de su padre hasta la extenuación, para acercarlo a la vida durante estos interminables años, sin queja ni reproche. Al contrario, cuántas veces me ha dicho que, lo que estaban pasando en casa, era algo que sucedía en muchas familias, con la suerte de que ellos tenían medios y su padre estaba bien cuidado, cosa que no podían decir otros españoles. La sencillez, la humildad, la capacidad de perdonar, son cualidades que distinguen a Adolfo Suárez Illana, que ha heredado, también, de su padre, aquella retranca que tenía el Presidente. Suárez Illana va por la vida a pecho descubierto; haciendo el bien a manos llenas. Ha sido él quien se ha ocupado de que nada le faltara al Presidente. ¿ Quién si no le ha dado holgura en estos años? El que ha removido Roma con Santiago -porque los cuidadores se cansan y abandonan- hasta dar, cada vez, con la persona adecuada, con la más profesional y humana, para que estuviera cerca de su padre. Al Presidente se le iluminaban los ojos cuando veía llegar a su hijo. Y comía con más apetito cuando se quedaba a almorzar con él, que era casi siempre. Y si no, ahí estaba -como un clavo- a la hora de la cena. Con la misma abnegación y entrega con la que tantos españoles lo hacen, día tras día, con sus padres enfermos. Es posible que la capacidad de discernimiento de quien había traído, junto al rey, la democracia a España, no alcanzara a discernir bien que ese que estaba ahí era su hijo, pero percibía con tanta intensidad el cariño, el amor que proyectaba esa persona sobre él, que le cambiaba la cara y respondía a sus caricias, a sus gestos de ternura, con una sonrisa cómplice. La misma que regalaba a sus nietos. Adolfo hijo ha sido el que ha permanecido pendiente de los aspectos más mínimos de la realidad cotidiana e intimidad del presidente. El que lo ha mimado, desde la serenidad, aunque asomado al abismo, ciertamente. Como cuando llegó a casa después del funeral de su hermana y su padre lo mira y le suelta: «¿Tú tienes que decirme algo?» A lo cual responde: « sí, que se ha muerto Marian». Y entonces, el presidente, le pregunta: «¿Pero la habéis enterrado?» Y allí se acaba la conversación. Adolfo Suárez Illana ha compartido con su padre, desgarrado, horas estremecedoras. No le gusta hablar de ello. Pero alguna vez he visto como se le saltaban las lágrimas ante lo que estaba viviendo. Millones de españoles que queríamos y queremos a Adolfo Suárez, porque las personas a las que queremos, por más que hayan muerto, las seguimos queriendo, las querremos siempre, tenemos una deuda de gratitud con este hijo ejemplar y solícito que se parece a su padre, en tantas y tantas cosas. Si cercano era el padre, tanto o más lo es el hijo, que tiene, también, la palabra amable, el gesto solícito, la mirada intensa de aquél, aunque la melancolia de su madre, también. Si muchas fueron las puñaladas traperas que recibió el padre, tampoco se ha ido de rositas el hijo. Después de vivir de cerca, y paso a paso, la peripecia política de Adolfo Suárez, denostado en sus días y crucificado sin piedad, quiso el hijo seguir los pasos del padre. Cosa que fastidió. Por eso lo metieron en un callejón sin salida. Aquello de Castilla-La Mancha, fue una completa necedad. Lo sabían bien quienes lo tenían que saber. El primer presidente de la democracia española, tuvo incontables aciertos. Padre e hijo cometieron un mismo error: fiarse de sus conmilitones más de la cuenta, ignorando así la maldad que habita a los hombres.