¿Hacia unas terceras elecciones? Dos hipótesis para romper el bloqueo

Los estrategas del PSOE lo fían todo a que el sentido de Estado lleve al PP a abstenerse para dar un Gobierno a España. Las calles incendiadas de Barcelona hacen implanteable que Sánchez repita en Moncloa con el apoyo de Esquerra

Las elecciones del 10 de noviembre se han concebido por todos los actores políticos como los comicios del desbloqueo. Los partidos optaron por devolverles de nuevo la pelota a los españoles para que resuelvan en las urnas lo que ellos fueron incapaces de solventar mediante la negociación y el acuerdo. Sin embargo, si lo que nuestros líderes esperan del próximo domingo es una suerte de efecto clarificador, los resultados que arroja la macroencuesta de NC Report para LA RAZÓN no pueden distar más de este extremo. El bloqueo sigue, si cabe, más vigente y las formaciones tendrán que ceder y llevar al límite sus convicciones, si quieren dar una salida a la parálisis que llevaría a terceras elecciones. Tampoco la calculadora arroja una gobernabilidad cómoda para Pedro Sánchez en caso de que llegara a gobernar sin un pacto solvente, pues tendrá que hacer equilibrios para aprobar los Presupuestos y su agenda legislativa, mirando a izquierda y derecha.

Existen varios escenarios que, a priori, desencallarían la situación, pero que se tornan inasumibles para alguna de las fuerzas concernidas, que deberían favorecerlos con sus votos. El primero de ellos es la «vía Casado», a la que se encomiendan en Moncloa. Es la senda que Pedro Sánchez aspira a recorrer tras el 10-N si, como todos los sondeos apuntan, no hay una suma clara por la izquierda. El Ejecutivo activó el botón nuclear de la repetición electoral, fiando la gobernabilidad al sentido de Estado de los populares tras los comicios. Un ejercicio de responsabilidad equiparable al que el PSOE hizo en 2016 con Mariano Rajoy. Esta vía pasaría por la abstención del PP (97/104), los nacionalistas canarios (3) y Navarra Suma (2), que permitiría que los entre 121 y 129 escaños del PSOE, PNV y PRC fueran suficientes para imponerse al bloque del «no» –118/120– de Vox, Podemos, Ciudadanos, Más País y los independentistas catalanes y vascos. El problema es un a Pablo Casado al alza, después de recuperar hasta 40 diputados, no le interesaría apuntalar a Sánchez.

De este modo, el líder del PSOE se encomienda a la abstención del PP para no quedar en manos de los independentistas. Es la otra fórmula viable sobre el papel, pero que Sánchez no está dispuesto a explorar en la práctica. El contexto actual en Cataluña lo hace impensable –está por ver que ERC se prestara, en esta situación, a dar su voto afirmativo a los socialistas– y, además, la horquilla es tan amplia (172-180) que en su mínimo ni siquiera supondría la mayoría absoluta. Este cálculo necesitaría sumar los votos de la izquierda (PSOE, Podemos, Más País) a los de los nacionalistas del PNV, PRC y Esquerra. El escenario es equiparable al del 28 de abril que Sánchez ya rechazó, abocando a elecciones, y no parece que ahora vaya a replantearse su dependencia de los soberanistas. La última suma, aunque ciertamente irreal por la incompatibilidad que se profesan sus integrantes, sería dar entrada a Ciudadanos en lugar de ERC, ya que ambos tienen los mismos diputados (15). Este pacto transversal que Sánchez ya intentó en 2016 no fructificó por las divergencias entre naranjas y morados y a esto se suma que el PNV tampoco comulga con algunos de los postulados de Albert Rivera, sobre todo en lo relativo al cupo vasco.

A esta situación de bloqueo se llega, porque ninguno de los bloques –a derecha e izquierda– tiene la solvencia suficiente para gobernar por sí mismo. Se establece un empate técnico que obliga a poner el foco en quién de las dos figuras que los lideran –Sánchez o Casado– sería capaz de aglutinar menos votos en contra. Por la derecha, PP, Vox, Cs y NA+ podrían sumar a los nacionalistas canarios para llegar a los entre 156 y 166 escaños. Por su parte, la izquierda, con PSOE, Podemos, PNV, Más País y el PRC lograrían entre 157 y 165 actas. Lo que ubicaría el desenlace de una futura investidura en manos de los independentistas catalanes y vascos, siempre más proclives a ponerse del lado del PSOE.