Una veintena de fanáticos sin formación «militar»

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La operación conjunta de ayer de la Guardia Civil y de los Servicios de Información franceses, los antiguos Renseignements Generaux, supone un golpe en la línea de flotación de un barco que, como el de ETA, ya iba a la deriva. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se lo había advertido a los terroristas de la banda en repetidas ocasiones: que si no se disolvían por las buenas, lo tendrían que hacer por las malas. Y lo ocurrido ayer en el caserío Agorrereka, convertido en casa rural, es una prueba de ello. David Pla e Iratxe Sorzabal acaban de recibir la visita Ramón Sagarzazu, un individuo con un amplio historial delictivo y un especialista en «relaciones internacionales». Una prueba más de que la banda pretende mantenerse (con armas y explosivos incluidos) como un «agente activo. Claro está que una cosa es lo que uno desea y otra cosa es la realidad, que la Guardia Civil, con el «vigor, firmeza y constancia» que rezan en su himno, se ocupa de recordar, un día sí y el otro también, a los delincuentes de distinto pelaje.

¿Qué es ETA hoy? ¿Qué peligro representa? ¿Puede volver a las actividades criminales? Y tantas otras, de similar contenido, que se puede plantear el lector. Hay una respuesta genérica obligada. La política antiterrorista que ha desarrollado el Gobierno de Mariano Rajoy, al cortar las negociaciones que socialistas y nacionalistas mantenían con la banda desde 2009 a 2011, ha sido la correcta porque los pistoleros no se han salido con la suya.

¿Qué es ETA hoy? Un grupo cuyos miembros en activo oscilan entre la veintena y la treinta, huidos de Ekin, el «comisariado político» de la banda; es decir, con una fuerte ideologización y fanatismo, pero escasísima, por no decir nula, experiencia «militar». Lo que puedan hacer ahora estos individuos no va a variar mucho de lo que ha ocurrido desde 2011, al menos hasta que se conozca el resultado de las elecciones generales.

¿Peligro? Sin duda ese factor existirá mientras no se haya detenido al último de los terroristas e incautado el último arma y el último kilo de explosivo. Poner en marcha una maquinaria de «comandos», «operativos» y de «información» para planear atentados no es cosa sencilla. Los etarras no son yihadistas, a los que siempre espera un paraíso con no sé cuántas vírgenes, sino unos asesinos que aspiran a cometer sus crímenes sin recibir castigo por ello y que un día puedan volver a su casa como héroes, a tomar «txikitos» con los de su cuadrilla.

¿Volver a las actividades criminales? ETA, como tal, ya se ha dicho, muy difícilmente. Pero no hay que olvidar que existe latente en el País Vasco y Navarra un separatismo de carácter extraordinariamente violento. Nuestras Fuerzas de Seguridad lo han entendido y, tanto la Guardia Civil como el Cuerpo Nacional de Policía vigilan de cerca estas «disidencias» por si pueden ir a más. No se trata de derrotar unas siglas sino de acabar con un grave problema.