No es amor, lo que tú sientes se llama obsesión

Muchas personas creen que aman pero amar no tiene nada que ver con estar obsesionado con otra persona

¿Dónde está el límite que marca la diferencia entre estar obsesionados o estar enamorados? Nuestra cultura está llena de mensajes de amor obsesivo que relacionan estar enamorado con estar obsesionado, con sufrir por amor. Sólo hay que echar un vistazo a las historias de amor en el cine, en la televisión y las letras de las canciones para comprobarlo.

¿Dónde está el límite que marca la diferencia entre estar obsesionados o estar enamorados? Nuestra cultura está llena de mensajes de amor obsesivo que relacionan estar enamorado con estar obsesionado, con sufrir por amor. Sólo hay que echar un vistazo a las historias de amor en el cine, en la televisión y las letras de las canciones. Como ejemplo, unos versos de algunas canciones:

“Ya nada me consuela / Si no estás tú también.” César Portillo, “Contigo en la distancia”.

”No puedo vivir sin ti / no hay manera.” Coque Malla, “No puedo vivir sin ti”.

“Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada / Porque yo sin ti no soy nada/ Sin ti no soy nada/ Sin ti no soy nada.” Amaral, “Sin ti no soy nada”.

“Amor es el pan de la vida / amor es la copa divina / amor es un algo sin nombre / que obsesiona al hombre por una mujer.” Pedro Flores, “Obsesión”.

“Donde me lleva la obsesión / De cobijarme con tu piel / Estoy muriendo por tener / Todo el perfume de tu amor.” Ana Gabriel, “Obsesión”.

Estamos tan acostumbrados a oírlas que nos hemos comido esta visión de amor sufriente sin digerirla. Una distorsión colectiva de la que se salvan los que tienen suerte y encuentran un amor nutritivo. Pero esta manera obsesiva y desesperada de sentirnos ¿es amor? Definitivamente, no.

La palabra obsesión proviene del latín “obsessio” que significa “asedio”. Dice la RAE que es una “Perturbación anímica producida por una idea fija” o “Idea fija o recurrente que condiciona una determinada actitud”. En psicología, cuando la obsesión alcanza el grado de trastorno lo llamamos Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Para diagnosticarlo diferenciamos entre 9 tipos de obsesiones y las compulsiones que éstas producen. No hablamos de las amorosas, sólo de las sexuales, además de otras como las de contaminación, simetría o perfeccionismo. Estas obsesiones nos llevan a lavarnos las manos constantemente, comprobar si la puerta está cerrada un número determinado de veces o rituales para evitar la contaminación. Jack Nicholson ofrece un ejemplo muy claro de TOC en su interpretación del protagonista de la película "Mejor Imposible".

El amor queda fuera del ámbito diagnóstico de la psicología, y sin embargo los motivos de consulta de las personas que acuden a terapia están relacionados, en un número significativo, con alguna obsesión relacionada con el amor: celos, rupturas que no se superan, miedo a perder la pareja o infidelidades, entre otras muchas.

En el terreno amoroso la obsesión camina libre y a sus anchas sin que nadie se asuste y socialmente aceptada. Haz la prueba, pregúntate cuál es tu obsesión con la pareja, seguro que hay alguna: ¿Qué piensa? ¿Qué siente? ¿Me quiere lo suficiente? ¿Estará conmigo siempre? ¿Le gusto? ¿Le ha gustado? ¿Ha llegado a casa? ¿Estará bien? ¿Le gustará más que yo? ¿Me sigue queriendo? ¿Dónde está? ¿Quién le llama? ¿A quién escribe? ¿Cuándo nos veremos otra vez?

Todos estos pensamientos funcionan como asedios mentales que manejamos como podemos. A veces los ocultamos, mientras que otras intentamos comprobarlos indirectamente, espiando a la pareja, o preguntándola si nos quiere.

En verdad, estas obsesiones mentales responden a nuestras inseguridades y miedos. Puede que estemos en una relación que despierte todas esas incertidumbres, pero parece que la ley del amor dice que si estás enamorado, tienes que dejar que los miedos crezcan y obsesionarte con la otra persona, en lugar de preguntarte: ¿qué me está pasando?, ¿cómo es que no puedo parar de pensar en ella/él?, ¿cómo es que no puedo hacer nada sin ella/él?

Intentamos que el miedo se apague controlando lo que sucede, manejando el tiempo y el espacio: “Cuánto más cerca de mi esté y más tiempo pase conmigo, mejor. Así no le gustará nadie más, no le pasará nada y estaremos siempre juntos”, nos decimos. Intentamos resolver el miedo profundo a la pérdida, al rechazo o al engaño (entre otros), con una solución infantil, una fantasía de control que sólo nos lleva a sufrir en la relación.

El camino para resolverlo es dejar de mirar al otro, dejar de poner en el objeto de nuestro amor la responsabilidad de nuestros miedos e inseguridades y empezar a mirar dentro de nosotros y cuestionarnos. Porque una cosa es tener muchas ganas de ver a alguien y otra muy distinta es que tu vida se arruine cada vez que no puedes estar con esa persona. La pareja puede ser un lugar de crecimiento mutuo, de acompañamiento, un lugar de entrega en el que el bienestar de cada uno y el común sean nuestra prioridad. Cuando no es así, la pareja se convierte en un vínculo doloroso que no aporta nada positivo a nuestra vida.

Dejemos de cargar a la pareja con el peso de nuestra felicidad, transfiriéndole todo aquello que, no nos engañemos, nos pertenece: nuestro bienestar, nuestra serenidad y nuestra confianza, son emociones de las que nos tenemos que responsabilizar día a día. Y si no estamos con la persona con la que podemos autocuidarnos, autoamarnos y confiar, alejémonos.

También nos toca revisar cuánto de esto es aprendido, preguntándonos si esta es la forma que elegimos de amar o de ser amados, y enfrentar nuestros miedos por amor a nosotros y a la otra persona. El asedio que provoca la obsesión no existe sólo en nuestra mente, también lo sufre nuestra pareja.

Es necesario hacer un ejercicio de autoconciencia profundo para revisar nuestros aprendizajes sobre cómo amar a los demás y nuestras maneras de relacionarnos. Si sufrimos es porque lo estamos eligiendo. Hay que dar un primer paso, tomar la determinación de sacar de las sombras a nuestros fantasmas para poder vivir un amor pleno y maduro, lejos de nuestras zonas de confort. Elegir a la persona amada no por miedo a vivir sin ella o a vivir solo, sino por el deseo de que esté en nuestras vidas.

Dejemos de engañarnos con que estar obsesionado es estar muy enamorado. Estar obsesionado es una manera de tratarnos mal, y si nos hacemos daño a nosotros, se lo estamos haciendo al otro, al amado, a aquel que tanto queremos y deseamos que nos quiera por siempre, que de sentido a nuestra vida, que nos llene las noches y los días. Le estamos deseando que por toda la eternidad cargue con la responsabilidad de nuestro bienestar, ¡qué regalo tan pesado!

Ojalá podamos empezar a decir en la pareja, como canta mi amiga Ruter: “Sí puedo vivir sin ti, sí hay manera”. Y elijo vivir contigo.

Esther Gutiérrez Martín

Licenciada en Psicología y Terapeuta Gestalt.

Centro Aletheia, Madrid.

www.centroaletheia.com