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Queridos padres: soy profesora y no, no quiero regalo de fin de curso

Una profesora explica lo que piensa sobre recibir regalos

Una profesora explica por qué no quiere regalos de fin de curso ni de ningún tipo

Fin de curso. Cientos de miles de grupos de WhatsApp de padres y madres con niños en edad escolar a punto de colapsar por mensajes masivos y la gran mayoría con un mismo tema en común: ¿Qué le compramos al maestro o a la maestra de nuestros hijos?

Pues miren ustedes, voy a solucionarles el asunto a lo largo de este artículo. Si han sido, como la grandísima mayoría de las familias, respetuosos conmigo, han dialogado y aceptado las indicaciones que como profesional les he ido dando a lo largo del año, llegando a consensuar incluso aquello con lo que no hayan estado de acuerdo, han confiado en mis palabras, en mi buena intención y en lo muchísimo que trabajamos, no solo yo, si no todo el personal, docente o no, de un centro educativo, se lo juro, NO necesito nada. De verdad. Trabajar con ustedes y sobre todo con su hijo, habrá sido un placer inmenso y yo me sentiré profundamente recompensada por haber elegido un trabajo vocacional que proporciona muchísimas alegrías, además de un sueldo, no tan elevado como muchas personas creen, pero digno. Gracias de corazón por haber contribuido a que su hijo crezca y aprenda desde la colaboración entre ustedes y el colegio, en definitiva, entre ustedes y yo.

Les juro que si cuando pase el verano y sus pequeños, ya crecidos, aún me recuerdan con cariño y me abrazan al verme por la calle, sentiré que mi vocación, repito la palabreja con total intención, merece todos y cada uno de los sacrificios que hago.

Y sí, estoy siendo atrevida con descaro al generalizar debajo de la primera persona todo lo que asevero, créanme, soy consciente de ello, pero es que estoy convencida de que cualquier compañero que se dedique al noble oficio de enseñar (y por ende a aprender de toda la magia que los alumnos nos transmiten) estará de acuerdo con mis palabras.

Ahora, si usted se ha dedicado a vilipendiarme, a desacreditarme, a desautorizarme y en definitiva a convertir mi trabajo, y de paso mi vida, en un infierno, le garantizo que ni un camión cargado de jamones de pata negra con nombre de niño prodigio de épocas pasadas, compensaría, ni por un solo segundo, la tortura que habré sufrido intentando, sin éxito, ya se lo afirmo yo, enseñarle algo a su hijo o hija.

¿Por qué? Porque cuando usted me insulta en casa, delante de sus vástagos, de forma inmediata me quita cualquier oportunidad de trabajar con ustedes como familia y mucho menos con su descendencia. Para poder hacer bien mi trabajo necesito su respeto, su apoyo y que también sepa que soy humana. Me equivoco cien mil veces al día, imagínense eso multiplicado por las casi trescientas jornadas del calendario escolar. Voy a cometer errores, estoy más que segura. Los mismos que usted o cualquier otro podrían perpetrar en su trabajo. Y sí, le confirmo que si la que mete la pata soy yo, estaré sin dormir el resto de la semana o del mes hasta que solucione aquello que haya hecho mal. Los docentes somos cansinos hasta la saciedad y somos capaces de flagelarnos de esa forma.

En resumen, quiéranos un poquito y permita que sus hijos nos quieran también. Confíe en nosotros, discuta y dialogue en las tutorías todo lo que sea necesario. Construyamos juntos, hagamos que su hijo o hija aprenda y que además se sienta feliz en el colegio. Si tiene alguna duda, venga y expóngala, no se quede con las ganas nunca, con respeto, con educación, con empatía, con serenidad y no se vaya corriendo al grupo de Whatsapp a encrespar los ánimos generalizados, a la Conserjería de turno o la prensa (de todo hay en la viña de la educación) a poner una denuncia porque su hijo o hija aún no ha aprendido a leer en Infantil 5 años. Si hubiera hablado conmigo o con cualquiera de mis compañeros, le habríamos quitado la angustia diciéndole que el proceso de aprendizaje de la lecto-escritura es objetivo del Ciclo Inicial de Primaria.

Así que... NO me compre nada. Nada de nada. En lugar de eso, anime a su hijo o hija a que me haga un dibujo que, seguro, pegaré en mi nevera, o a que me escriba una carta con cariño. Incluso, anímeles a que me abracen y me miren con cariño.

Aunque usted o ustedes no se lo crean, le juro por mí y por todos mis compañeros, que el mejor regalo que nos pueden realizar durante todo el curso y más aún a final del mismo, es su RESPETO Y SU AFECTO. Y bueno, si resulta que su energía y la mía vibran en dimensiones distintas, por favor, al menos, sea respetuoso porque le prometo que yo, aunque tenga, según la creencia popular, doscientos meses de vacaciones al año, en estos momentos del curso escolar, estoy rendida después de haber estado jugando, aprendiendo, enseñando, motivando, creyendo, confiando, queriendo, construyendo, planeando, programando... y conviviendo con sus peques todos estos meses.

Si a pesar de todo, sigue empeñado en regalarme algo, que sepa que aunque me da una vergüenza terrible recibirlo, se lo agradezco desde el fondo de mi corazón, ese mismo corazón que sufre y se alegra con los traspiés y las alegrías de sus hijos.

Feliz final de curso.