Cayetano Martínez de Irujo: «Mi generación es la más especial; yo soy la oveja negra que se ha hecho blanca»

Antes de abandonar la estancia, apaga una a una las lámparas que alumbran la bilioteca de Liria. Lo que desde fuera de los muros de palacio sólo se intuye como lujo y privilegio; desde dentro, él lo ha asumido con una obstinada responsabilidad. Se reconoce como miembro de una quinta brillante, «la más especial de la historia», y presume, con modestia, de haber nacido el mismo año que Michael Jordan, Gari Kaspárov, Emilio Butragueño, Ludger Beerbaum y la Infanta Elena: «De entre todos ellos, yo soy la oveja negra que se ha ido haciendo blanca», asegura antes de que su voz se quiebre en una sonora carcajada. Provocar la sonrisa de Cayetano Martínez de Irujo es casi un desafío: pero una vez se arrima a su rostro, apenas se descuelga de sus labios. Le ha costado reivindicar un nombre propio más allá de los títulos y el ducado de Alba: como jinete aprendió que, a veces, los mayores obstáculos estaban fuera de la pista de competición. Por eso, aunque ahora muchos se sorprendan con su nuevo rol, él se siente cómodo capitaneando la transformación de la casa familiar, bregando para que ese «monstruo de gastar dinero» sea sostenible. Y, al menos de momento, el duque de Arjona y conde de Salvatierra ha demostrado su destreza como domador de fieras.

–La falta de «cash» les ha llevado a crear la marca Casa de Alba y comercializar productos de sus tierras, ¿se consideran pioneros dentro de la aristocracia española con esta iniciativa?

–Sí, sin duda, hemos pasado de un conservadurismo total, de una precaución o casi miedo a todo, a enseñar, mostrar, compartir con España lo que es nuestro y también es suyo, en lo que mi madre ha destinado todo su esfuerzo, su dinero, su educación y su corazón. Traer todo este patrimonio hasta aquí no ha sido fácil y no he hemos tenido más elección que iniciar esta apertura para seguir adelante.

–¿Le ha costado mucho a su madre ver cómo se subastan algunas de las piezas familiares?

–Para ella ha sido inicialmente un «shock». Esto es suyo, imagínese: cuando se ha reconstruido un palacio de escombros como ha sido el caso de Liria, uno siente que es doblemente suyo. No sólo lo has heredado, lo has vuelto a hacer, y no hay precedentes en ese sentido. Hubiese sido más fácil levantar en medio de Madrid dos torres o edificios. Creo que eso refleja a la perfección la mentalidad en la que se ha gestionado todo esto.

–Así que fue difícil de convencer...

–Tengo la gran suerte de que entiende las cosas magníficamente bien. Era un cambio necesario y, además, creo que también había que enseñar a la gente lo que ha hecho mi madre. Creo que su figura pública estaba un poco separada de su patrimonio. Con la crisis, cuando se nos ha empezado a señalar desde distintos sectores, me di cuenta de que, aunque la imagen de mi madre era inmejorable en todos los sentidos, estaba un poco separada de lo que representa, y todo esto ha llegado hasta aquí por ella. Le ha supuesto todo su dinero, esfuerzo, y dedicación. Aquí no ha habido un lujo, ella nos lo decía muchas veces: si en vez de reconstruir Liria hubiésemos comprado un chalé, tendríais la vida que la gente cree que habéis llevado.

–Da la sensación, por cómo habla, de que usted ha redescubierto hace poco a su madre...

–Sí. Ella era poco accesible, ¿eh? Creo que hace unos años se bajó del trono y dijo: «Ahora voy a ser madre y abuela». Hasta entonces llevaba como una losa la responsabilidad que su padre le puso con 14 años, pero llegó el momento en el que quiso ser de verdad lo que son las personas normales. La verdad es que mi relación con ella desde hace cinco años para acá es impresionante: tenemos una confianza y una sinceridad mutuas, puedo hablar con ella absolutamente de todo, y nos entendemos muy bien.

–De hecho, aunque usted no será el sucesor del ducado de Alba, se ha convertido en la cara visible de la casa, ¿cómo le hace sentir ser el epicentro del legado familiar?

–Tengo perfectamente asumido que mi papel es el de escudero de mi hermano Carlos. Lo que pasa es que yo soy más ejecutivo, soy el gerente activo de la situación pero no cabe duda de que la representatividad la lleva el duque de Huéscar en cuanto a sucesión de todo. Sí es cierto que a la marca Casa de Alba le voy a dar mi imagen, igual que mi hermana Eugenia se encarga de los eventos y Carlos, de la fundación. De todos modos, hoy por hoy está mi madre aquí y ella es la que representa todo.

–Pero usted ha orquestado la reforma...

–Sí, aunque, lógicamente, con mi hermano Carlos a la cabeza. Yo sé muy bien cuál es mi lugar y además estoy muy orgulloso de él.

–En cuanto al negocio familiar, ¿siente que los Alba han roto un tabú a la ahora de afrontar la crisis como casa nobiliaria?

–Creo que sí. Tuvimos que afrontar un cambio obligados: convertir una casa con un funcionamiento totalmente obsoleto en una empresa, pero al mismo tiempo tienes que darte cuenta de que no es una empresa al uso, hay que valorar los recursos y moverte dentro de los parámetros que te permite este patrimonio.

–¿Tuvieron que crear nuevas vías de financiación?

–Nos dimos cuenta de que el patrimonio artístico no nos podía costar una fortuna al año sino que debería generar dinero y, al menos, autosustentarse. Éste fue uno de los puntos básicos. El otro, aprovechar las fincas que tenemos y que hasta ahora sólo producían llantos, era el patito feo: que si «el campo no da dinero», que «si no hubiera subvenciones sería inviable»... Encima nos estaban señalando desde distintos sectores porque dicen que tenemos demasiadas ayudas. No, lo que tenemos son muchísmos problemas, muchísimos trabajadores y muchísima extensión. Tuvimos que darle la vuelta a eso, el campo tiene un valor y había que sacárselo. Lo que pasa es que había un miedo tremendo a iniciar la reforma.

–Otra fuente de rentabilidad es el patrimonio inmobiliaro: la monarquía británica recaudó más de 9 millones de euros en 2012 con la comercialización de sus palacios, ¿se lo han planteado ustedes?

–Dueñas, por ejemplo, no se puede abrir al público porque es la residencia de mi madre, es su casa y hay que respetarla. Liria, tampoco, porque vivimos aquí todos, es la oficina, el centro neurálgico de la familia... No podemos hacer esa apertura, pero cumplimos con lo indispensable, lo que nos obliga la ley de fundaciones, y además hemos creado eventos, cursos, visitas especiales, etc. Estamos reimpulsando este aspecto porque no ha funcionado bien en la primera etapa, quizá porque el planteamiento no fue el idóneo. Le hemos dado una vuelta.

–Los hijos de Doña Cayetana le habéis ayudado a desacralizar Liria, se dice que su madre era de las que no quería usar ni un cenicero...

–¿Sabe lo que era esto? Cuando ahora veo a mis hijos por la casa no doy crédito, hacen lo que les da la gana y les tengo que parar yo porque su abuela dice: «Déjales, que son niños». ¡Parece mentira! Con su edad nosotros no podíamos tocar nada. A veces íbamos a verla a su cuarto y nos decía: «No te sientes en esa silla». ¡Y te tenías que traer de fuera una normal! Mi madre era una cosa impresionante, imagínese todo este cambio, la noche y el día. ¡Y lo ha sabido entender! A mí es que esta mujer me deja impresionado. Tiene una visión de futuro, una inteligencia en todos los sentidos... Al principio le cuesta, no se imagina el trabajo que fue decirle que movíamos sus cuadros un kilómetro en línea recta para la exposición del año pasado en Cibeles. Que saliera el Fray Angelico... ¡fue un trabajo psicológico intenso, una batalla campal!

–Pero ahora apreciará la buena marcha del negocio...

–La verdad es que hemos arrancado mejor de lo previsto y nuestras expectativas para rentabilizar la marca son ahora más positivas.

–Hay quienes le reprocharán que con este patrimonio es fácil hacer que funcione...

–Nunca nos han dado ni un duro. Por citarle un ejemplo: en el Palacio de Monterrey se nos cayó una piedra del tejado, acordonan la zona, nos exigieron expertos en patrimonio y cuarenta cosas más, pero no nos han dado ni un céntimo, pero te cobran los bomberos y hasta la valla que han puesto para delimitar la zona.... Total, que colocar esa piedra de nuevo nos ha costado 18.000 euros. ¡Una piedra! Eso es lo que llevamos viviendo toda nuestra vida. Eso sí, debo decir que esta casa no tiene color político y nosotros hemos sido muy bien atendidos por todos los gobernantes. Se nos ha respetado enormemente y nos han agradecido el esfuerzo que hemos hecho para traer esta casa hasta aquí.

–Es que su madre es muy popular, ¿no le recuerda a su antepasada en los tiempos de Goya?

–Con una enorme diferencia: que ésa casi nos hace perder todo el patrimonio. Como personalidad fue excepcional, pero para la casa un auténtico desastre. Mi madre es al revés. Soy fan de ella: era una niña que le daba la mano a Churchill y a las principales personalidades del siglo XX y se ha sabido adaptar a un cambio brutal.

–Usted, por su parte, pertenece a la quinta de 1963 –cumplió 50 años el pasado abril–, ¿cómo valora a sus coetáneos?

–La mía es la generacion más especial de la historia: Michael Jordan fue el mejor jugador de baloncesto, Gari Kaspárov, el mejor ajedrecista, Ludger Beerbaum, el mejor jinete de todos los tiempos y Emilio Butragueño, el que marcó la transición entre el fútbol antiguo y el moderno... de entre todos ellos yo he sido una oveja negra que se ha ido haciendo blanca.

–Hablando de popularidad, ¿considera que su padre ha sido el gran olvidado mediáticamente?

–Sí, yo creo que mi hermano mayor en su día lo resaltará. Les estamos haciendo una placa para que se reconozca que aunque mi abuelo inició la reconstrucción de este palacio, fueron mi padre y mi madre los que continuaron su obra. Son los que realmente han llevado el peso de todo. Yo creo que de él he heredado su sentido de la humanidad y la justicia, que son dos pilares básicos dentro de mí.

–De ustedes, sin embargo, el papel «couché» no se olvida. ¿Qué tienen los Alba que son tan atractivos para las revistas?

–En ese aspecto este país es socialmente desorbitado: una cosa es tener cierto interés, y otra esto, que ya es descabellado.

–O sea, que eso de que se volvería a casar con Genoveva como aseguró la Duquesa...

–Mi madre dice lo que le apetece, y además bien dicho está, pero sobre todo dice lo que le gustaría que fuera. ¡Con decirle que hasta hace poco quería que se reconciliaran Fran Rivera y Eugenia! Lo más gracioso del asunto es que fui a comer con ella y le comenté: «Pero mamá, ¿qué has dicho?». Y ella se moría de la risa. A ver si diciendo esto la gente se queda ya callada. Lo más gracioso es que la llamo unos días después y me seguía diciendo: «¿Qué? ¿Te están dando mucho la vara?». ¡Se partía! La verdad es que ni ella ni yo le damos importancia a esas cosas.