El gallo de la embajada francesa

Jérôme Bonnafont, el embajador francés

Resulta una novedad estremecedora para algunos, pero que, a buen seguro, disfrutaría el escritor Roger Peyrefitte, histórico defensor de los derechos de los homosexuales. A esto los catalanes lo llaman «fer faena», aunque no salga tan bucólica como la pareja del nuevo embajador francés, Jérôme Bonnafont, que está asombrando Madrid más de lo que en tiempos lo hizo un Bruno Delaye tan cercano y parece que ahora inmerso en alguna polémica. En todas partes cuecen habas y seguro que el galo españolísimo defensor de nuestra Fiesta Nacional sale limpio de polvo y paja, que la envidia es mucha. El caso es que Bonnafont, su sustituto en la embajada, ha transformado la residencia diplomática en algo parecido a la «campagne», como si uno estuviera en alguna de las huertas francesas. El inmenso jardín, situado en lo mejorcito de la madrileña calle Serrano, ha sido convertido en un relajante huerto por donde corretean las gallinas y hasta un gallo que, a modo de bienvenida, andaba por allí como un homenaje a lo simbólico que resulta para el país vecino tan entrañable y añorado ave, como los míticos «weekends» cinematográficos en Perpiñán –íbamos en masa desde Barcelona– al nacer la «nouvelle vague». Frente al descuido de otras embajadas, como la italiana, también con un espléndido recinto al que no sacan partido, los franceses a lo mejor ponen de moda esta reconversión urbana.

El visitante ya no se solaza con los alfombrados salones que Delaye mantenía a media luz, cuidando que no causasen efectos indeseados en los posiblemente envejecidos rostros femeninos. Era una cualidad que siempre agradecían Sisita Miláns del Bosch y Beatriz de Orléans, quien, cuanto más está en España, peor habla nuestro idioma. Hace una especie de galimatías ininteligible que atenúa con la mejor de sus sonrisas y el cuidado perenne y exquisito de Dani San Martín. Él me ha contado mucho sobre el reciente viaje de la duquesa de Franco a una audiencia masiva –más de siete mil personas asistieron– con la duquesa de Montealegre a Roma para ver al Papa Francisco. «Al Pontífice lo mirábamos con prismáticos», comentaron.

Las aristócratas se alojaron en las inmediaciones de San Pedro y Carmen Franco es de las que no se rindió ante el empedrado típico del Vaticano. De allí recuerdo haber sacado a marchas forzadas a Marujita Díaz, cuyos altos tacones se incrustaban entre los adoquines. Ardua tarea, porque no era un peso ligero, aunque Roma vale eso, sobre todo, si te acompaña la tierna Paloma Gómez Borrero, casi convertida en una «papisa» por sus trabajos sobre el Pontífice. Es una enciclopedia bien peinada y hace la mejor tortilla de patata de Italia. Carmen Franco se emocionó en el restaurante rey del «fettuccine» al ver fotografías suyas de años atrás acompañada del marqués de Villaverde. Le gustó descubrir que la tienen colgada en una de las paredes que perpetúan visitas importantes, donde también destaca la infanta Beatriz de Borbón, abuela de Lecquio, asidua del típico local de Vía del Corso, tan próxima a su palacio Torlonia. Comentaron que el Papa no estuvo demasiado atento con los peregrinos del Santo Sepulcro. Se quedaron chafados, como las hortalizas en la «ratatouille» que encargará el embajador francés tras esa cosecha de tomates, maíz y judías verdes plantada justo en la entrada, donde ya sobresalen las altas cañas que darán buenas mazorcas. Impactan, igual que la serie de Gonzalo de la Cierva en su debut como presentador de televisión. Hace un proyecto sobre jóvenes emprendedores de una hora de duración a la semana que tutela, empuja y anima la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, según reveló el duque de Terranova ante un David Meca dispuesto a retirarse después de 17 años en la competición. Se le ve acomodado, magníficamente vestido, alhajado y con el corazón contento y lleno de alegría. Motivos no le faltan para sentirse bien querido y quizá eso le anime a dejar una carrera jalonada de hazañas náuticas.