La pasarela ibicenca no quiere a la Tablada por sus «excesos»

Elena Tablada durante una promoción
Elena Tablada durante una promoción

Crece la sospecha de que entre ambos miembros de la ex pareja puede existir algún pacto, apaño o acuerdo soterrado para seguir sacándole partido a su amor ya destrozado, o eso parece. La llamada telefónica de Jessica Bueno a «Sálvame De Luxe» ha abierto la hipótesis de que podría dar marcha atrás, y donde dijo digo dice ahora Diego. Acaso recapacitó, «porque Kiko ya visita frecuentemente a nuestro hijo, no como antes», justificaba al otro lado del teléfono. La nueva postura es algo más permisiva que la que aseguraba en antena su hasta ahora íntimo Manu Jiménez Rubio, cuyo alias es «Sevilla» –aquí todos ya tienen nombre de guerra–. Y aprenden pronto. Jiménez fue leal, honesto y sincero al contar cómo el niño de la Panto le quitó el «Mini» a la madre de su hijo cuando la relación se enfrió. Algo similar a lo que los empresarios mallorquines exigen con el «Fortuna», regalo que se hizo a Don Juan Carlos más por interés comercial que por altruismo. Exigírselo ahora al Gobierno demuestra mezquindad y maniobra oportunista, un poco como Kiko, privando a la ahora estilizada sevillana del medio de transporte que también llevaría a su hijo. Afea el gesto que tuvo en tiempos cordiales cuando se lo entregó.

Ahora calculan y confían en que, con las visitas, los dos lleguen a un acuerdo económico, ya que Kiko se niega a pasarle los 4.000 euros mensuales que reclama la modelo. La cantidad podría quedar en la mitad –que no es poco–, pues las ganancias de ex Paquirrín fluctúan según sus habilidades como DJ. Nunca llegará a eclipsar a Tiesto o a David Guetta. La temporada ha empezado en Ibiza y aunque ya no les paguen los 45.000 euros por sesión de hace cinco años, se mantienen como uno de los principales atractivos del ocio isleño. Lo veremos la próxima semana en la pasarela Adlib, la apuesta mantenida por Vicente Roig, conseller de Industria. Es de los que limpian y dan esplendor a todo lo que toca. Por ello ha eliminado de entre sus invitados a Elenita Tablada tras su percance con el coche por su exceso de alcohol. No quiere imágenes que puedan empañar el acontecimiento, por angelicales que parezcan algunas luego en el televisor. La Primera lo cubrirá y ofrecerá nada menos que tres programas. «Este año damos preferencia a los medios quitándole importancia al famoseo», me dice Roig, feliz de que Raquel Sánchez Silva haga de presentadora.

Parece no añorar los tiempos en que Smilja fichaba gratis a presentadores de la talla de José María Aznar, en la cresta de la ola –aún conservo el texto con correcciones a mano que leyó en un hotel–, José Luis Vilallonga, Matutes –que pone su industria a disposición del Conseller– o Julián Lago, que pasaba los veranos en Roca Llisa con Natalia Escalada. Smilja les correspondía así a que se prestaran sin cobrar para exaltar su moda blanca, a la que aún le falta el arraigo industrial de aquella lanzada en los 60 en Saint Tropez o en los 80 en Capri. Sobra empuje y falta continuidad; no todos resultan tan voluntariosos como Ricardo Ur-gell. Quizá se apliquen el cuento Jessica y Kiko, que igual buscan ocupar algún plató vendiendo calamidades. Andan en un camino de vuelta que tendrá revueltas. Y si no, al tiempo.