Escobar «robó» «El porompompero»

La Razón
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Manolo se llevó la canción de El Príncipe Gitano, autor de «Ay Tani, Tani, mi Tani», y también a Rocío Jurado en 1962 , año en que Escobar mantuvo «El Porompompero» durante cinco semanas como número uno. Que no fue poco al competir con «Moliendo café», «El tercer hombre», «Canción de juventud» –título revelador de la Dúrcal–, «Cuando calienta el sol» y «Tómbola», que aguantó ¡nueve semanas! en la cabeza de las listas.

Eran otros tiempos, y cuando Escobar vio a la Jurado compartir cartel con El Príncipe Gitano, auténtico creador de «El porompompero», se enamoró de sus maneras, cante flamenco y gracia gitana. Por eso, la impuso como coprotagonista en su primera película, «Los guerrilleros», en la que el almeriense lucía patillones antecesores a los de Curro Jiménez en un guión disparatado que sólo sirvió para lanzarlos. Luego, Rocío se incorporó a su compañía y debutó con «Puente de coplas», porque el ir y venir mundo adelante entonces era la base para incitar a ver esos espectáculos basados en oportunistas coplas no siempre exquisitas.

Era una Rocío recién llegada de Chipiona, impulsada por Concha «la del Johnny», que se la prestó al maestro Juan Solano. Aquellos tiempos permitían que se robasen títulos unos a otros. Y si Escobar versionó con más exito «El Porompompero», de El Príncipe Gitano, la Jurado lo hizo con «Tengo miedo, tengo miendo...», que aupó entre lo más popular de su repertorio mucho antes de defender la unidad nacional con «¡Soy de España!», retirada al considerarla excesivamente patriótica. Era de los más solicitados, porque además de patriótico, era un tema vibrante, emotivo, bonito, pegadizo, y facilitaba los excesos vocales de la chipionera ya encarrilada.

Rocío lo mismo pedía un traje flamenco a Balenciaga que recortaba su frente peluda. Empezó a afeitarse las patillas para dar un cambio a su cara, que aumentó al ser despojada de pilosidades. Lola Flores, cuando la veía en el cine, comentaba: «¿Cómo se puede tener esa cara tan grande?». Ni Fernán Gómez dirigiéndola en «La querida» logró mejorarla. Su versión de «La Lola se va a los puertos», confiada a Josefina Molina, resultó un fiasco que incluía el himno de Andalucía. El cine nunca la quiso, quizá porque era excesiva en todo, mientras Escobar siempre tuvo el buen tratamiento fotográfico de un Alfredo Fraile buen conocedor de cómo enmendar los defectos. Al final, produjo los últimos títulos de quien, con Antonio Molina, fue máxima figura de un género hoy en decadencia. Ya nadie se atreve a decir eso de «¡soy de España!», qué cosas.