Lina Morgan cumple un mes en la UCI

Lina no se entera de nada, no sabe qué día es ni dónde está. Mejor así. Es un mal aniversario que ayer cumplió un mes –no diría que celebra–, como el lunes hará un año de la muerte de su hermana Julia. Fue auténtico sostén, apoyo, ánimo siempre pimpante y su mejor amiga. Al final, tuvo que internarla en una residencia para que estuvieran pendiente de ella las 24 horas. Lina pasa por la misma depresión desanimadora, la que siempre fue tan vital y rutilante. La recuerdo optimista y con los ojos saltones de curiosidad en un viaje que hicimos juntos a Nueva York, en su aterrizaje junto a los rascacielos, acompañada del entrañable José Luis con Tony Luján. Yo me había anticipado con entradas para los últimos estrenos y les hice debutar asistiendo al «Sugar Babies», que hacía el dúo irrepetible formado por Mickey Rooney y Anne Miller. En el Waldorf tenía una enorme cesta floral rojiblanca que la impactó más que el espectáculo de tan bailona y emblemática pareja fílmica. «En España lo hacemos mejor», fue su comentario crítico ante el entusiasmo de un público enfervorecido como sólo se ve allí. Paseó bajo las pieles del barcelonés Roberto Alcaraz, que andaba tan prendado de ella –actuaba en el Apolo de las alegres chicas de Colsada con «Vaya par de gemelas»–, como de su paisana Bárbara Rey. Fueron días americanos con vino y rosas, y de noche la dejaban acostada y nos íbamos de pendoneo. Qué tiempo aquel.

Aniversario tristón, pero optimista dentro de lo que hay. Mientras ella se deshincha, andan más ocupados del tema de cómo Lina arregló la herencia que con su sedación casi permanente, durante la cual dos fisioterapeutas intentan devolver la fortaleza a unos músculos sin masa por la falta de ejercicio. Es un coro al que se une ese sobrino resucitado súbitamente por presunto amor. Llega a destiempo y después de treinta años de distanciamiento. El fraternal trío López Segovia nunca alardeó de esa parentela extrañada con la que no se relacionó. Tarde parece para aproximarse, quizá creyendo que puede caerles algo. «La misma prudencia y sagacidad que tuvo en el espectáculo Lina la aplicó en el testamento», me asegura Daniel Pontes, su apoyo durante los últimos años tras el engaño duradero de Daniel, que era administrador y gerente infiel y parece que trincón. Es un sino de las «grandes», también sufrido por Sara Montiel, igualmente despreocupada del dinero al punto de ni saber rellenar un cheque. Llegó a preguntarme: «¿Aquí qué pongo, la cifra o el nombre?». Siempre confiando en la bondad de los demás. Quizá mejor que la Morgan siga semiinconsciente hasta que pasen estos días tan gloriosos si no hay recuerdos puntuales que los amarguen. Y no es su doliente caso. Parece que todo enero seguirá en la UCI.