Sangre fresca, por favor

Martin Lamothe ha desarrollado una serie de tejidos a través de unos procesos denominados laminado, plastisolado, resinado y anacarado
Martin Lamothe ha desarrollado una serie de tejidos a través de unos procesos denominados laminado, plastisolado, resinado y anacarado

Los creadores españoles tienen claro que para vender hay que abandonar los mundos de fantasía y pisar la calle para conocer de primera mano lo que hoy se demanda, prendas versátiles y prácticas en las que los nuevos tejidos aportan la novedad

Yo, vampiro. No hay hueco para la luz natural en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid. Piel blanca cetrina. Y para colmo, uno tiene poco que ver con los cuerpos de «True Blood». Más bien con el aire ochentero del novio zombie de Alaska. Colmillos afilados para morder pasarela. Pero aquello es como un filete de espaldilla de oferta, que tiene más nervio que chicha. Una suela de zapato insípida. 31 desfiles, al estómago. Mala digestión. Se mastica a la carrera la carnaza, se engulle como se puede y, encima, engorda. Iluso cadáver al que la moqueta de Ifema y algunos muertos vivientes que desfilan por la pasarela temporada tras temporada le han chupado la energía, piensa que la sangre joven aliviará la sed. Pero no.

El menú de Sara Coleman, por ejemplo, repite. Literalmente. En concreto, unos pantalones largos marinos y unos shorts en piedra desfilaron varias veces. Sea falta de presupuesto o de creatividad, no es de recibo. Y eso que como punto de partida no estaba mal su apuesta por los tejidos tecnológicos –botellas recicladas incluidas– o su combinación lima-marino. Tampoco tuvo su mejor día Moisés Nieto con esos «looks» de trabajadora del hogar que intentó enaltecer con algunas prendas que tiraban en las costuras, y no sacaba todo el provecho posible a la triple organza, el crepe de chiné o las gasas mezcladas con mikados y tafetas. Divertido, eso sí, el estampado con hojas que se asemejaba al hule de la mesa de la cocina. Jóvenes pero faltos de hemoglobina, de ese color que se le pide al que no tiene el lastre de los años ni de las arrugas. Hasta Sita Murt, que ya acumula décadas de trabajo, daba la sensación –a través de su entramado de punto a base de linos y algodones naturales con poliéster de nueva generación– de saber cómo quitarse años de encima. Y eso que, con el concurso de acreedores en casa, no se la pueden jugar. Pero están tranquilos. «Estamos haciendo los deberes con un plan de viabilidad muy claro y gracias a que las 36 personas que formamos la empresa nos estamos volcando», subraya Isabel, hija de Sita, que ayer la sustituyó en el saludo final.

Así, salivando como un perrito de Pavlov, se esperaba ya sin esperanzas otra víctima para el despelleje cibelino. Pero entonces llegó Juan Vidal para dar la vuelta al cuento, a la pasarela. Por sus venas no corre horchata. Delicatessen en cortes, siluetas y tejidos. Todo. Sin escándalos ni golpes de efecto más que conocer el oficio y darle vida. Da gusto tocar la seda, el georgette, el algodón, el satén. Ver cómo se mueven al paso el vestido camisero con estampado de peonias, cómo reinventa el cuello mao, la sensualidad de las faldas debajo de la rodilla con el seductor corte, lo bien que sientan los pantalones... Sólo con ver los abrigos desestructurados con las cremalleras en dorado ubicadas de forma estratégica, se presiente que una colección así no es fruto de la casualidad. Al bucear, se descubre que en los cuatro últimos meses Vidal no ha salido prácticamente del taller. Que el día anterior al desfile rehizo uno de sus pantalones sólo porque las cremalleras no le acaban de convencer. Llamada a las tres de la tarde a Elda, a las nueve de la noche ya tenía de nuevo el encargo y noche de vigilia. Alma perfeccionista y genes modistas. Porque si su madre tenía una tienda multimarca, su padre es un sastre de referencia. Cuando Juan apuntaba maneras, su familia se volcó en el proyecto. Hasta hoy. «Ahora soy el jefe de mis padres», bromea Juan, que desde 2006 se ha empeñado en crear un pret-à-porter de lujo, que no es costura, pero que tiene mucho que ofrecer fuera del circuito de grandes almacenes. Eso sí, fuera de España: en Italia, Emiratos Árabes... Porque aquí sólo le han comprado en dos tiendas de Albacete y Zaragoza. Profeta en el exilio. En Milán, por ejemplo, vende en la tienda de Dolce&Gabanna. «Ha mamado la moda, pero se lo ha currado, ha renunciado a todo por estar aquí», comenta Gracia, su madre, que insiste: «Moverse en este mundo cuesta mucho, sobre todo porque hay que trabajar muy duro para conseguir muy poco». De momento, ayer se fue a casa con ovación y el Premio L'Oreal a la mejor colección bajo el brazo en su debut en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid.

Transfusión de energía la de Vidal, que contagió a Martín Lamothe, su compañera de desfile. Experimentó para el show, un gesto de agradecer. Su esfuerzo por laminar, plastisolar, resinar y nacarar los tejidos hasta materializar el fondo de las piscinas en los estampados ha de tener recompensa en las ventas. Pero para espectáculo el que siempre preparan María Escoté y Carlos Díez, amigos y residentes en Madrid. Una «showgirl» haciendo contorsionismo en una barra a la hora de la siesta despierta a cualquiera. Podría ser sólo un reclamo fotográfico a lo Montesinos. Pero no. Esta vez María tenía mucho más que enseñar. Refinó su aire poligonero con unas propuestas prácticas, hasta con un toque «lady», pero sobre todo, con salida en el mercado. Desde el «print» hexagonal en camisas y camisetas a los «leggins» con efecto vaquero, tuvo su cénit en la última salida, con unos mini vestidos finales hechos con malla de diferentes tonos. Revolución Escoté. Díez, adicto al estampado, esta vez se entregó a las caras sonrientes y a las arañas, que también tejieron sus telas a modo de bordados en monos imposibles. Mejor este chute ecléctico que limitarse a ser correcto. Aunque para sangre fresca, necesaria y de buena calidad, la de Vidal.