Rafael Moneo: «Desearía que vascos y catalanes quisieran seguir en España»

El Premio Príncipe de Asturias de las Artes reflexiona en Oviedo sobre su oficio, las ciudades y la crisis

El arquitecto visita hoy el monasterio de Santa María del Naranco donde da una lección magistral
El arquitecto visita hoy el monasterio de Santa María del Naranco donde da una lección magistral

La arquitectura también es temperamento. Un reflejo a gran escala del creador. El autorretrato involuntario de un carácter y una manera de imaginar. Rafael Moneo rehúye la espectacularidad exterior, quizá porque es un hombre moderado, reflexivo, de mucho discurso interior, que tiende a la argumentación antes que a la afirmación tajante, que resulta siempre más espectacular, mucho más que Frank Gehry. A él no le preocupa que le vean, le preocupa que le entiendan, lo que conlleva mayor complejidad.

-Durante años se han vendido casas caras y de materiales baratos.
-Los arquitectos no son los responsables únicos de esas ciudades que no nos gustan, masivas y mal construidas, sin los atributos que acompañaban a la ciudad antigua. De eso no se puede responsabilizar al arquitecto. La ciudad contemporánea refleja los problemas de la sociedad de hoy, como, por ejemplo, la soledad del individuo, que queda en la ciudad convertido en un mero número, asociado a una casa considerada como un bien, pero que ya no tiene nada que ver con esa construcción más lenta en que el ocupante podía incidir en el edificio donde vivía. Es cierto que el arquitecto ha estado involucrado en el proceso de construcción de esos barrios que no nos gustan, pero también los constructores y los urbanistas. Hay que preguntarle al conjunto de la sociedad por qué no ha funcionado.
-¿Cree que hubo un abuso de la arquitectura?
-Los arquitectos están en medio del proceso del que habla, pero eso tiene poco que ver con la estructura de la ciudad. Eso no es responsabilidad exclusiva del arquitecto, sino de una sociedad que no ha conseguido resolver el problema de la habitación. Esta urbe, cuando se produce el aluvión de la inmigración del campo a la ciudad, no logra construir pausadamente, y se destruye. Por eso surgen esos barrios faltos del espíritu que tenían los antiguos y carentes de la dignidad del siglo XIX.
-¿Y qué piensa de las concentraciones urbanas de Oriente?
-Esas imágenes de torres convertidas en viviendas en Hong Kong, por ejemplo, reflejan la masificación. Usan la torre, que es un tipo arquitectónico que refleja precisamente eso. Son durísimas, pero, en el fondo, es menos confusa respecto a la disociación entre individuo y masa que padece Occidente. Estas ciudades de Oriente aceptan la soledad del individuo en la época moderna. No viven con la nostalgia del pasado. Quizá vivan de una manera más próxima a la vida contemporánea.
-Cada vez hay menos arquitectos y más estudios de arquitectos.
-Del mismo modo que se ha roto la relación del médico de familia que acudía a casa y establecía una relación directa con el paciente, hoy el cliente del arquitecto no es un cliente individual. Los grandes trabajos de arquitectura llegan a los estudios porque pueden dar respuestas inmediatas y un servicio que sólo una escala de una unidad de trabajo grande lo permite. Cada vez será más difícil sostener la idea del arquitecto antiguo. Eso no quiere decir que vaya a olvidarse, pero los estudios son más capaces de dar respuesta a la demanda.
-Sufrió mucha presión con su proyecto para El Prado. ¿Qué sintió?
-Esos trabajos tienen mucha importancia para la vida social. El Prado es tan importante para los españoles que cualquier intervención merece la atención y la crítica. Visto con distancia, la propuesta que hacía no cambió sustancialmente y haber atendido algunas de las críticas que se me hacían, no solo no dañó mi propuesta, sino que acabó mejorándola sin desvirtuarla. Me alegra haber tenido cintura para recoger el sentido que contenían algunas de esas propuestas e incorporarlas a la mía. En algunos puntos, la mejoró.
-¿Qué piensa de la crisis?
-Los españoles hemos pasado por un momento de plenitud y satisfacción, en el marco de unas estructuras democráticas y de bienestar social y de servicios, que se ha truncado. Nos encontramos con la impresión de no estar justamente equilibrado aquello con lo que contribuimos en la sociedad mediante los impuestos. Hay que reacomodarse y buscar de qué modo somos capaces de contribuir a la vida común a través de ellos. En medio de una crisis política y económica más amplia, la española resulta más complicada de solucionar. Seguro que nos esperan años de especial dureza. Si a eso se añade el problema de la estructura territorial del Estado, hace que nuestra situación sea compleja y que entre, por tanto, en un violentísimo contraste con el bienestar en que hemos vivido durante los últimos veinte o veinticinco años.
-¿Qué opina de la estructura territorial que ha mencionado?
-Hay que respetar a las minorías. Me gustaría que a los vascos y a los catalanes les apeteciese seguir siendo parte de España. Ése sería mi deseo. Pero hay que respetar las demandas de los habitantes de esas sociedades y regiones de España, e intentar resolver la situación de la manera más madura posible. Para los que nos hemos educado en una España con una historia común, será doloroso ver salir al País Vasco y Cataluña, pero si salen, espero que sea en una situación no violenta.

 

El fallido efecto Guggenheim
La crisis afectará a la arquitectura, asegura Moneo: «Será más contenida frente a los tiempos de exuberancia económica. Muchas de estas obras espectaculares que han servido de punta de lanza de la vanguardia han estado equivocadas. El efecto Guggenheim, como referencia, no ha logrado repetirse con eficacia», asegura el arquitecto que, sin embargo, mantiene una visión optimista respecto a la fuga y emigración de los jóvenes españoles. «Creo que para los arquitectos, buscar trabajo fuera también tiene su lado positivo. Nuestro país ha sido capaz de formar profesionales que ahora encuentran mercado en el exterior. Y eso habla bien de las escuelas españolas. Muchos volverán. No veo efectos tan perniciosos. No está mal que ampliemos horizontes de trabajo en cualquier actividad profesional», declara.