Traición en ETA

La RazónLa Razón

Los últimos meses hemos sido testigos de un acelerado declive de la actividad de la banda etarra. La política antiterrorista, superada la negra etapa de la negociación, se centró en la derrota policial de ETA y el acorralamiento y deslegitimación de su entramado. La extraordinaria eficacia de las Fuerzas de Seguridad del Estado, con un esfuerzo y un trabajo ímprobo de los agentes, sumada la estrecha colaboración internacional, han propiciado un escenario crítico para los intereses terroristas. Para quienes cuestionaron la tesis de que es posible una victoria policial y judicial del Estado de Derecho sobre ETA, el balance de estos años de trabajo y, especialmente, de los últimos meses, debería despejar todas las dudas. Es factible y moralmente imprescindible un final con vencedores y vencidos. La banda se enfrenta a su peor horizonte y las informaciones de las que se dispone sobre lo que ocurre en su interior avalan la teoría de que, lejos de ser sacrificados héroes por la libertad del País Vasco e idealistas sin intereses personales, constituyen un colectivo capaz de todo por el poder y por ese modo de vida basado en la extorsión y el terror. LA RAZÓN informa hoy en exclusiva sobre un episodio desconocido en la trayectoria etarra que explica completamente las razones de por qué ETA se encuentra en la mayor crisis de su historia, más allá de la sobresaliente labor de las Fuerzas de Seguridad. Hablamos de un caso de alta traición en el seno de la banda o, al menos, eso es lo que piensa la dirección etarra. Según las conclusiones de la comisión de conflictos de ETA, Francisco López, «Thierry», jefe del aparato político hasta su arresto, provocó la detención de otros siete terroristas por su negativa a informar sobre las circunstancias de su detención y su nula colaboración con la cúpula criminal. Según los expertos antiterroristas consultados, no hay duda de que los etarras «entregados» por el silencioso «Thierry» fueron Garikoitz Azpiazu «Txeroki», con el que mantenía una disputa dura, y su sucesor Aitzol Iriondo, entre otros. Es más que probable que las Fuerzas de Seguridad hubieran llegado hasta estos cabecillas por sus propios medios, pero ETA no lo pensaba así hasta el extremo de que expulsó de la banda al que fue uno de sus jefes, «Thierry», y su representante en la negociación con el Gobierno.Este capítulo oscuro de las rencillas internas de ETA puede explicar también algunos movimientos posteriores en la denominada izquierda abertzale, e incluso en las últimas disensiones en el colectivo de presos. No puede ser casualidad que destacados batasunos se hayan arriesgado a movimientos de distanciamiento que en otra situación de la banda habrían sido inimaginables. La democracia no se puede confundir nuevamente con ETA. La experiencia, la amarga experiencia, ha demostrado que ésta aprovecha cualquier síntoma de debilidad o duda para fortalecerse y rearmarse. No más balones de oxígeno ni sondeos. La actual política antiterrorista, fruto del consenso, funciona, y su aplicación ha empujado a los criminales a una lenta agonía. Queda el final, sin bajar la guardia, sin proetarras en las instituciones, con la Policía y la Justicia como instrumentos de un triunfo definitivo.