Pasar página

La RazónLa Razón

Al cabo de los años de un suceso, dijo C.J.C., el suceso es otro. Ni se olvida ni se perdona, como sentenció mi amigo Enrique Múgica cuando asesinaron a su hermano Fernando, pero hay que seguir viviendo y Nueva York, que es mucho más que una ciudad: es un ser vivo de enorme carisma, cargado de contagiosa vitalidad, Nueva York, decía, no se puede quedar anclada en el sufrimiento de la infamia que le infirieron en nombre de Alá. Dicen que muerto el perro, se acabó la rabia, pero no es cierto. Después de Ben Laden sigue habiendo quienes llevan dentro la semilla del odio. Nueva York quedó herida hace diez años, pero no muerta. El trauma persiste, pero la fuerza de la ciudad es tan inmensa que no permite que el daño cale hasta las míticas cloacas, donde dicen que habitan los cocodrilos. Obama ha dicho que la generación del S-11 ha cumplido su misión, y con esto se zanja el triste recuerdo de historia más reciente. Los que amamos Manhatan, los que hemos recibido tanto de Central Park (el parque, siempre el parque, con el vestido de flores y el pitillo sentados en un banco), del Soho, de Times Square, de Broadway (aunque detestemos los musicales, como es el caso de quien estas líneas suscribe), de la Quinta Avenida, del río Hudson y hasta de la propia estatua de la Libertad sabemos que en este reencuentro consigo misma, la ciudad deja de tener una Zona Cero de tierra arrasada y repleta de muerte. Porque no es bueno el regodeo en la desgracia, Nueva York mira hacia adelante poniendo fin a una era. Dedico esta columna a C.M., que me convirtió en neoyorquina durante un tiempo que nunca olvido.