A la vejez colegas

La Razón
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Como en las películas que no terminan a tiempo, al montaje del director le está sobrando media hora larga. El último repecho del segundo cuatrienio es un bucle agotador de balances, epitafios, investiduras de pega y encumbramientos prematuros. La agonía de los que se van y la agonía de los que aún no llegan. Rajoy, encorbatado en azules, se trabaja la apariencia presidencial convocando a los españoles a la tarea colectiva. El tono de su discurso es el correcto, aunque debajo de la cáscara siga estando hueco. El aspirante se ve a sí mismo subiendo la escalinata de la Moncloa, pero aún no se siente dentro. Zapatero, por el contrario, se siente fuera desde hace tiempo. Su tono, sus frases, sus bromas, sus gestos, son los de un ex presidente. Él sí se ve en León, ojeando la prensa con el distanciamiento escéptico de quien ya no se da por aludido. Su nueva meta es convertirse en el mejor ex presidente que ha habido nunca, ejemplar en su prudencia, alejado del barro y dispuesto siempre a echarle una mano al nuevo. Rajoy –si es que gobierna– le ayudará a ser todo eso.

Han pasado ocho años y estos dos cincuentones están a punto de cerrar el círculo. En vísperas de sus primeras elecciones (2004) era un lugar común en la prensa subrayar el «buen rollo» que existía entre ellos. Dejábamos atrás la crispación, o eso creíamos; el adversario podía ser tratado como un amigo. Rajoy y Zapatero se llevaban bien, aun compitiendo. El desgarro del 11-M –y el uso agrio que ambas partes hicieron de los mismos hechos– no ayudó a que aquel clima prosperara. El proceso de paz, contrariamente a lo que se piensa ahora, empezó con cierto entendimiento entre los dos líderes. Fue a medida que el proceso avanzaba cuando la confianza se fue quebrando. Aquel café que Patxi le sirvió a Otegi fue intepretado por Rajoy como la madre de todos los engaños. Llegaron los años de la bayoneta calada. Del «ha traicionado usted a los muertos», el «usted quiere que siga habiendo terrorismo», el «bobo solemne» y el «patriota de hojalata». Los años de no creerse, mutuamente, una palabra.

Ahora ha llegado el otoño y, ante la adversidad de la prima, la Merkel y los mercados, el clima ha mejorado de golpe. Ambos comentan que su relación personal es buena, incluso muy buena. Comparten reflexiones, diagnósticos y confidencias. Casi parecen buenos amigos. Estamos, así, en la antesala de un escenario inédito: la relación de confianza, diálogo y aprecio entre el ex presidente y quien le ha sucedido en el cargo. No ocurrió entre Felipe y Aznar y no ocurrió entre Aznar y Zapatero. Esto es nuevo y debe anotarse en el haber de ambos. Qué servicio le pueda rendir esa buena relación a la salud política de España es aún misterio. El presidente entrante no ejercerá de leñador de árboles caídos y el saliente no tiene intención de convertirse en un jarrón bocazas y tocahuevos. Zapatero y Rajoy, dos colegas, se han conjurado para dar una lección a sus mayores.