A Paloma Pedrero por Andrés ABERASTURI

Querida Paloma: No quiero que esto se convierta en un carteo de elogios mutuos, pero leí con ternura y una emoción poco contenida, tu respuesta a una columna mía que titulabas «A Aberasturi por su compasión». Sólo quiero decirte que yo no puedo tener –por desgracia– otra visión que la de «macho» de la especie y que el milagro de la vida me sigue pareciendo exactamente eso: un milagro. Pero no escribí aquello desde la compasión hacia las mujeres sino desde la admiración y también, es verdad, desde una cierta ira contra la naturaleza que, como he dicho alguna vez, será muy sabia, pero muy injusta (en realidad no digo «injusta» sino una palabrota que no quiero utilizar aquí). Admito lo de compasión desde su etimología griega que sería «sufrir juntos» aunque a los hombres, en este caso, nos toca la mejor parte. No exime esa mejor parte nuestra responsabilidad frente a los hijos y así lo escribí en «El libro de las despedidas»: «Ay si supiérais qué abrumadoramente me ha pesado el hecho trascendente de haber contribuido a que existiérais, a que fuerais como sois, vosotros mismos en este desconcierto que es la vida, vosotros ante el dolor, el miedo, la rabia y la sonrisa, vosotros solos frente a ese vértigo hermoso llamado libertad». Estos días, Paloma, en los que se nos han muerto a todos cuatro muchachas aun en flor, pienso en el dolor de sus padres tan físico, tan lejano de mis teorías y sólo puedo ofrecerles mi silencio y mi con-pasión.