CRÍTICA / «El americano»: Radical pero no tanto

Dirección: Anton Corbijn. Guión: R. Joffe, según la novela de M. Booth. Intérpretes: George Clooney, Violante Placido, Thekla Reuten. EE UU, 10. Duración: 105 min. «Thriller».

Hay que celebrar que un fotógrafo metido a cineasta, que sólo había dirigido un «biopic» algo sobrevalorado («Control», sobre el líder de Joy Division, Ian Curtis), haya firmado la película más «arty» de la cartelera, aplicada revisión de ese enigmático discurso teórico sobre la (pérdida de) identidad propagado por el Antonioni de «El reportero». Celebrarlo por lo que supone como acto de resistencia –a los mandatos de Hollywood, que la figura de George Clooney representa desde el más pétreo estoicismo–, como verdadera anomalía en el contexto de una industria dominada por imágenes intercambiables, rodadas con el ojo puesto en la taquilla.

Puede ser que «El americano» sea fruto de una pose estética. La película no parece tener mayor propósito que dedicar toda su atención a los tiempos de espera de un hombre que quiere cambiar de vida sabiendo que alguien le ha puesto precio a su cabeza. Es una premisa propia de un thriller de Jean-Pierre Melville, con la diferencia de que su aliento poético resulta menos seco, es más artificial: la metáfora de la mariposa –esa especie en extinción que Jack (Clooney) admira, y que utiliza como sobrenombre–, el cura que quiere redimir al protagonista de sus pecados, la prostituta de buen corazón… son ingredientes que trivializan un poco la propuesta de Anton Corbijn, acaso menos radical de lo que le gustaría aparentar. Propuesta que, con todos sus defectos, ofrece una mirada distinta, pausada y meditada, sobre la figura arquetípica del asesino a sueldo. A Corbijn le ocurre lo mismo que a su antihéroe: le gustaría ser artista cuando sólo es paciente artesano, un manitas de la imagen al que le cuesta bastante despegarse un poco de sus modelos.