Marbella

«Operación Goldfinger»

La Razón
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Sean Connery reconoció haberse equivocado cuando dijo que no volvería a interpretar nunca al agente 007, y tuvo que envainársela cuando se hizo un año después, con un toque de humor avejentado, la curiosa «Nunca digas nunca jamás». Sin embargo, creo que otro juramento, cuando puso enfurecido a todas las tierras altas por testigo proclamando que no volvería a pisar Marbella por el resto de sus días, ese, seguro que piensa cumplirlo a rajatabla.
Por eso cometen un error de ingenuidad los jueces que esperan que se presente a declarar como testigo en el caso que han venido a llamar en un burdo guiño de sarcasmo con las películas de James Bond, «Operación Goldfinger». ¡Ya pueden echarle un galgo al viejo zorro, cuando la Justicia española apenas llega a la altura del «Dr. No». Connery no sólo no se va a presentar por cuestión de edad –a punto de cumplir los 80 años–, sino porque no le sale de las mismísimas bolas. Mejor puede tomarse un dry martini agitado, no batido, practicando hoyos en las Bahamas, pues todavía hay clases y a un señor de su categoría no es hora de mezclarlo con la chusma a la que hoy sacan los colores de los billetes morados en la basura.
Si mal no recuerdo, el actor se fue de Marbella asqueado del nido de ratas en que se había convertido bajo el dominio de Gil y Gil. Si no lo echaron presionándolo con obras y expropiaciones. Se sacudió de la solapa los restos de glamour, cogió los palos de golf y se fue con el drive a otra parte. Tras vender su chalet, no se le puede culpar de las especulaciones,recalificaciones y barbaries que se hicieran después en su terreno. Ni siquiera tachándolo de escocés tacaño y pesetero. Lo suyo sólo fue un ejemplo de la desbandada general de genuinas celebridades cuando comenzó el chabacano saqueo de la Costa del Sol. Pero, por favor, que no toquen a James Bond, que se reirá ante sus bigotes aun echándole una orden internacional de captura. Vaya ridículo.