Arturo Téllez: Italia y Grecia de vagón en vagón

Italia y Grecia de vagón en vagón
Italia y Grecia de vagón en vagón

Cuando no había vuelos baratos e internet era bastante inoperante, viajar a buen precio por Europa significaba interrail. En septiembre de 2000 compré un billete para recorrer Italia y Grecia.
En Roma, veo a lo lejos un grupo de hombres serios y trajeados en plan «Reservoir Dogs». Entre ellos, un hombre sonriente saluda a los paseantes. Es Silvio Berlusconi quien, de camino a una tienda de antigüedades, da la mano a quien se le ponga por delante, incluido este viajero sin derecho a voto en Italia.

En dos horas, tren a Nápoles de Campania, también conocida como Gomorra de Saviano. Una mañana recreando la vida cotidiana de Pompeya, ciudad eternamente clavada en el año 79 de nuestra era al ser sepultada por la lava del Vesubio. Cruzo la bota por el sur y llego a Bari. Dejo atrás las fortalezas normandas construidas al borde del Adriático para llegar a Grecia. Su puerta es Patrás, a la entrada del golfo de Lepanto. El euro no existe y extraigo dracmas de un cajero con el magno despiste de llevarme el dinero pero dejar la tarjeta en la ranura. Y no me doy cuenta hasta que llego a Atenas. Sobrevivo una semana a base de helados, pan y fruta. Todo para poder pagar albergues y entradas a museos, como el maravilloso arqueológico de Atenas o la mágica Acrópolis.

De vuelta a Italia, tras un sudoku de enlaces ferroviarios, visito en un día Florencia, Pisa y Siena, es decir, Duomo, Campo dei Miracoli y Palio, en plan japonés.

En Venecia recreo el adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler para imaginar en el Gran Canal la «Muerte en Venecia» de Thomas Mann y Luchino Visconti.

Milán es estación término. El fresco de «La última cena» de Leonardo en Santa Maria delle Grazie no lo puedo ver. Está cerrado. Luego vino Dan Brown y lo convirtió en una feria.

Despega el avión desde Malpensa hacia Madrid y leo en italiano «Océano», de Alessandro Baricco. Lo recuerdo como si fuera «ieri».