Historia

Vidas de tres totalitarios

Emil Ludwig conoció a dos de ellos, Mussolini y Stalin. Hitler le quedó pendiente. Tres dictadores unidos para este prestigioso biógrafo por su «gran capacidad de odio».

En su despacho. Stalin en una imagen tomada en abril de 1932
En su despacho. Stalin en una imagen tomada en abril de 1932

Aunque resulta un ejercicio intelectual muy tentador definir al líder autoritario como un ser monstruoso ajeno a todo atributo humano, no hay que olvidar que dictadores, caudillos, «Führer» o «Duces» son también seres muy deseados en circunstancias psicosociales y económicas precisas. No sólo el «miedo a la libertad» del individuo, que trata de descargar su responsabilidad en el modelo carismático, es factor decisivo a la hora de legitimar a un dictador; éste no es la mayoría de las ocasiones sino expresión y catalizador de las ansiedades y frustraciones de su población. Por decirlo con las exactas palabras del autor de «Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin.

Y un cuarto: Prusia»: «Si [a Hitler] se le considera un enfermo mental, entonces habría que castigar a todos los cuerdos que le han obedecido». En un principio, en su recorrido por las personalidades de estos tres dictadores, Emil Ludwig, experto biógrafo en grandes figuras de la historia –desde Goethe a Lincoln–, sin embargo, parece más interesado en enfatizar las motivaciones individuales y los rasgos de carácter idiosincrásicos de sus retratados. No por ello dejamos de apreciar indirectamente las tensiones y contradicciones históricas en las que ellos emergieron. Ludwig, además, salvo a Hitler, conoció de primera mano a los otros dos dictadores a través de conversaciones, lo que refuerza el interés de su perspectiva.

La anticipación
¿Qué puntos en común podrían establecerse entre ellos? Según el autor, a pesar de las indudables diferencias en capacidades y motivaciones psicológicas, «los tres hombres están ligados por tres sentimientos profundamente arraigados: mínima capacidad de amor, gran capacidad de odio y un predominante sentimiento de sí mismos». No deja de sorprender la lucidez y capacidad de anticipación de Ludwig, quien escribió este trabajo nada menos que en el año 1939 y que no duda en plantear, con impactante acierto, sus pronósticos sobre el futuro de la guerra. «[…] Stalin permanecerá todavía en el poder, Mussolini sólo en el caso de continuar neutral, y Hitler, en ningún caso». Otro atractivo del libro es la traducción de Francisco Ayala, quien, al parecer, iba trabajando a medida que el historiador le enviaba sus manuscritos.

Un nuevo dato que llama la atención de la aproximación de Ludwig es su perspectiva comprensiva, más interesada en reconstruir, casi de forma novelada, la existencia del personaje desde dentro, por así decirlo, que en juzgarle desde una supuesta distancia objetiva, pero a la vez estéril. No por ello el diagnóstico resulta legitimador de la conducta del biografiado. En absoluto. El análisis está orientado a comprender el mal para poder resistir a su seductor embrujo. Si Ludwig se siente «cautivado» por sus monstruos no es porque trate de justificarlos, sino porque era consciente de que el destino del mundo dependía de ellos.

De ahí que también sobrevuele en todas estas páginas una especie de serena sabiduría forjada por la sensación de peligro inminente. Sólo la mirada extraterritorial y marginal de un judío como Ludwig podía tener quizá la sensibilidad adecuada para acceder a esta visión crítica de su realidad y comulgar con el espíritu de un Goethe, el gran referente del autor. «Quien, como el que esto escribe, se sabe completamente desligado de todo partido e interés, puede esforzarse por alcanzar, aun en medio de la guerra, aquel grado de contemplación platónica que, en atención a su obra pasada, tienen derecho a esperar tanto los lectores como él mismo».

Manipular a las masas
No es exagerado afirmar que de estas páginas se deducen no pocas lecciones. Conviene reparar en la importancia que Ludwig otorga a Prusia como «enfermedad que urge poner en cuarentena». El análisis de Hitler, por ejemplo, nos deja un perfil marcado por el motor vital del resentimiento. «En la medida [escribe el "Führer"] en que las escuelas secundarias se alejaban, en cuanto a materia docente y educación, de mi ideal, me hice íntimamente indiferente. Lo que por obstinación desaproveché en la escuela había de vengarse después de modo amargo».

En el caso de Mussolini cabe destacar su concepción cínica y manipuladora de las masas –«la masa no es nada por sí misma»; «la multitud no necesita saber, sino creer»– y su extraordinario culto narcisista del yo. La figura de Stalin emerge como un líder frío y cruelmente inflexible, un ser vengativo, pero a la vez como un gran estratega a largo plazo. Tal vez el único «pronóstico» en el que no acertó Ludwig sea en su optimista declaración de que «después de la guerra todo el encanto de la dictadura que se ha apoderado del mundo actual […], desaparecerá en un momento».

Sobre el autor: Emil Ludwig fue un escritor acomodado que, tras el triunfo del nazismo en Alemania se nacionalizó suizo. Considerado un autor subversivo, sus obras se quemaron públicamente. Ideal para...: lectores que estén interesados en profundizar en los retratos psicológicos de estos tres dictadores, de quienes el autor, experto y curtido biógrafo de grandes nombres de la historia, analiza, sobre todo, su personalidad. Un defecto: Aunque, a veces, no sea culpa de quien ha escrito el libro, se echa de menos en determinados pasajes una mayor profundización en el contexto social de la época que describe. Una virtud: Además de la penetración psicológica de la que hace gala Ludwig, el exquisito lenguaje que utiliza, acentuado por la traducción que firma Francisco Ayala. Puntuación 8