Antonio Machado entre cámaras y ordenadores

«En preguntar lo que sabes/ el tiempo no has de perder.../ Y a preguntas sin respuesta/ ¿quién te podrá responder?».

Miguel Ángel Delgado, jefe de estudios, y el director, Ángel Sebastián
Miguel Ángel Delgado, jefe de estudios, y el director, Ángel Sebastián

Soria- Ángel Sebastián López, el director del Instituto Antonio Machado, se despide, como no podía ser de otra forma, con un proverbio del poeta. Antes, aunque tenía prisa y los periodistas han llegado más tarde de lo previsto, hace tiempo para enseñar una pequeña aula con pupitres rurales, dedicada a Antonio Machado, catedrático de Francés en el instituto que lleva su nombre en Soria.
Han cambiado los tiempos, ahora el director ha vencido sus propios prejuicios y ha tenido que dejar entrar los ordenadores en un edificio que huele a antiguo y a respeto. Él sabe que hay que adaptarse a las circunstancias, sin olvidar lo que ha sido la educación hasta ahora. «No olvidar cómo daban clase los grandes maestros», dice Ángel, con algo de melancolía.El reto del instituto es lograr que, con una mezcla del pasado y del presente tecnológico, se obtengan los mejores resultados posibles. Por lo visto, en Soria lo están consiguiendo, aunque el director incluye una clave más con la que no se contaba: el azar, que de repente salgan un par de generaciones de alumnos brillantes que suban la media de los resultados. Es la razón por la que Ángel intenta ser precavido y, más que presumir de método, abre la puerta de la pequeña aula, que ahora es un pequeño museo, su pequeño tesoro, y enseña los papeles en los que Antonio Machado calificaba a sus alumnos. «No tenían problemas de espacio», dice el jefe de estudios, Miguel Ángel Delgado. No debían tenerlo. En torno a 1910, el catedrático de Francés, Antonio Machado, daba clase a poco más de ocho alumnos.
Le debía resultar más fácil enseñar al poeta que al actual director, también profesor de Francés, con más alumnos y con mayores necesidades. Han variado las estructuras familiares y los profesores tienen que hacer un papel que antes hacían los padres. «Y algunas cosas sólo puede enseñarlas la familia», dice el director, cerca de los papeles de Antonio Machado, que, por cierto, siempre aprobaba a sus alumnos.