Literatura

Nueva York

El egocéntrico y brillante Cheever

Título: «Cheever: Una vida». Autor: Blake Bailey. Editorial: Duomo ediciones. 944 páginas, 42 euros.

El egocéntrico y brillante Cheever
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Ninguna figura puede ser más interesante que la de John Cheever para describir la epopeya de un hombre que después de haber acariciado la amargura del fracaso y el olvido renació de sus propios infiernos para transformarse, con el paso de los años y los libros, en uno de los escritores más influyentes de la narrativa norteamericana actual. Alcohólico, creyente, casado, bisexual y correcto padre de tres hijos que todas las mañanas, durante 40 años, se encerró en una habitación para pulir textos que entregaba puntualmente al «The New Yorker», John Cheever (Massachusetts, 1912 - Nueva York, 1982) fue un hombre demasiado complejo, que, detrás de su imagen de honrado padre de familia escondía a un ser atormentado, rodeado por el fantasma implacable de la culpa.

Scott Donaldson, en 1988, intentó acercase a la vida de este escritor que en 1964, tras ser portada de «Time», inició un lento debacle hacia la autodestrucción (de la que surgió en 1979, radiante y renovado), pero sus herederos no le permitieron que accediera a los papeles privados y el resultado fue una biografía correcta a la que, no obstante, le faltaba lo más importante: la voz del propio Cheever, expresada en su abultada correspondencia y en los numerosos cuadernos que constituyeron sus «Diarios».

Documentos privados

«Cheever: Una vida», de Blake Bailey, pretende ser mucho más completa que la de Donaldson: los familiares de Cheever le proporcionaron documentos confidenciales, todos sus diarios y no tuvieron reparo en aportar sus testimonios, con lo cual esta biografía que en 2009 ganó el National Book Critics Circle Award y estuvo a punto de lograr el Pulitzer de ese año no sólo es más amplia, también posee el raro encanto de casi percibir la voz de Cheever narrando su vida como una serie de episodios tormentosos y momentos de lucidez entre el otoño y la tempestad. Bailey, así, retrata a Cheever en su totalidad (una persona egocéntrica, mitómana, brillante, genial, caprichosa...) y también relata unos cuantos hechos que hasta ahora habían permanecido en secreto, además de revelar detalles que marcaron su existencia: los escarceos amorosos con Alan Gurganus, la envidia que le inspiraron Salinger, John Updike y Barthelme, la relación que mantuvo con Max Zimmer, un joven mormón que fue el amante de sus últimos años, la admiración que sentía por Saul Bellow y el vínculo fraternal, digno de Caín y Abel, que le unió a su hermano Frederick y a William Maxwell, editor de «The New Yorker», quien solía pagarle bastante menos que a otros escritores.

En cualquier caso, está claro que «Cheever: Una vida», desde ahora, será la biografía canónica de un escritor que en su momento fue aclamado como el Chéjov americano y cuya obra, después de haber sido prácticamente olvidada, permanece como un clásico: allí están su estilo elegante, su gusto por la buena prosa, el ejercicio de la literatura como el arte de contar historias, una estela que perdura en Jeffrey Eugenides, en Rick Moody o en Jonathan Franzen: escritores que, como Cheever, imaginan lo que ocurre detrás una ventana débilmente iluminada: ceniceros sucios, vacíos, la epifanía, el fulgor del alba.