El muerto que acabó ganando la guerra

El 30 de abril de 1943, un pescador encontró en Punta Umbría el cadáver de un oficial británico que llevaba con él documentos que hablaban de un desembarco aliado en Grecia. Era un engaño para ocultar a los alemanes el verdadero objetivo: Sicilia

La identidad del verdadero hombre que llegó a Punta Umbría es la de Glyndwr Michael y está enterrado en el cementerio de Huelva
La identidad del verdadero hombre que llegó a Punta Umbría es la de Glyndwr Michael y está enterrado en el cementerio de Huelva

Afinales de 1942, los invictos guerreros de la Wehrmacht se vieron detenidos en las ardientes arenas de África y en las heladas calles de la URSS. La guerra mundial podía cambiar de signo, pero para que así aconteciera era indispensable que la inteligencia británica engañara al servicio secreto alemán. El lugar elegido para conseguirlo fue España. A unas semanas de concluir el año 1942 se hubiera dicho que Hitler tenía el triunfo militar al alcance de la mano. En el norte de África, el mariscal Rommel se hallaba a las puertas de El Cairo, a un paso de los pozos petrolíferos de Oriente Medio y, según opinaban algunos, en las vísperas de una ofensiva que enlazara con un ataque japonés sobre la India. En la Unión Soviética, el Ejército Rojo se había encastillado en Stalingrado en la convicción de que si perdía aquel enclave la guerra sería ganada por Alemania. Una victoria alemana también garantizaría un inacabable abastecimiento de crudo canalizado hacia las necesidades militares del III Reich.

Fue entonces cuando tuvieron lugar unos cambios extraordinarios en el curso de la guerra. El británico Montgomery batió en El-Alamein al Afrika Korps alemán, mientras que el ruso Zhukov cercaba al VI Ejército de Von Paulus en las ruinas de la ciudad que llevaba el nombre del dictador soviético. A las dos clamorosas derrotas de las armas germánicas se sumó la Operación Torch, el desembarco anglo-norteamericano en el norte de África, donde destacaría un audaz general de blindados llamado George S. Patton. Mientras las fuerzas alemanas destacadas en la Unión Soviética intentaban reponerse del desastre sufrido a orillas del Volga, los aliados occidentales discutían sobre el punto más idóneo para abrir un segundo frente en Europa.

Con ese paso, se trataba de satisfacer la principal petición de Stalin cuyas fuerzas llevaban el peso mayor de la guerra contra el III Reich y de resquebrajar el dominio alemán en el continente. En opinión de Churchill, el lugar escogido tenía que situarse en algún punto de los Balcanes. Ese ataque sobre lo que denominó el «bajo vientre de Europa» no sólo golpearía con contundencia al III Reich sino que además impediría que un Stalin victorioso extendiera su poder sobre el Este de Europa sometiéndola al comunismo.


El arte del engaño
Por el contrario, Roosevelt, siguiendo el consejo de sus generales, propuso que el desembarco se produjera en Sicilia para, desde la isla, poder caer sobre la península italiana. Semejante elección tenía, sin duda, sus ventajas. De entrada, desde la época de Cartago se sabía que Sicilia formaba un paso natural hacia Italia si la invasión procedía del norte de África. Además, era posible que el régimen fascista se desplomara si las fuerzas aliadas pisaban suelo italiano. En apoyo de esta tesis, el general Patton incluso podía citar precedentes tan notables como el del general bizantino Belisario. Fue finalmente el enfoque norteamericano el que prevaleció, pero la decisión implicaba algunos problemas colaterales de no escasa relevancia.

No era el menor el de engañar a los servicios secretos alemanes que, de manera comprensible, temían un golpe dirigido contra Italia, un aliado que había mostrado sobradamente su falta de fiabilidad en territorios como Grecia, Yugoslavia o África del Norte. La operación de intoxicación –conocida en nombre clave como «Mincemeat» (Carne picada)– eligió como escenario el territorio español tal y como revela el último libro de Ben MacIntyre titulado «El hombre que nunca existió. Operation Mincemeat» y publicado por la editorial Crítica.

En no escasa medida, la elección de España resultaba obligada. Como indica MacIntyre, Franco dejaba actuar a los espías de ambos bandos en territorio español observando distante la forma en que podía aprovecharse de unos y de otros. Por añadidura, el ejército español estaba dividido en sus simpatías hacia los contendientes. Ciertamente, los falangistas y un sector del ejército de tierra simpatizaba con los alemanes, a los que contemplaban como cercanos ideológicamente o, al menos, como antiguos aliados durante la guerra civil. Sin embargo, no era menos cierto que la Armada española simpatizaba, por el contrario, con los británicos y que apoyaba una neutralidad que favoreciera a los aliados. Desde el punto de vista del servicio secreto británico, resultaba posible intoxicar a los primeros –que, con seguridad, trasladarían la información a los espías alemanes– con la ayuda de los segundos. Así fue.

La operación consistía en dejar al alcance de las autoridades españolas el cuerpo muerto de un supuesto oficial británico que, entre otros documentos, llevaba cartas supuestamente dirigidas al general norteamericano Eisenhower y a los británicos Cunningham y Alexander explicándoles los pormenores de un desembarco aliado en Grecia. El oficial –un inexistente William Martin; en realidad un peón muerto llamado Glyndwr Michael– sería depositado en la costa española. Transportado en un cilindro fabricado «ad hoc», el cadáver fue hallado el 30 de abril de 1943 por un pescador de Punta Umbría, Huelva. Lo que se desarrolló en los días siguientes se correspondió con lo esperado por los británicos.

Un médico español, Eduardo Fernández del Tomo, llevó a cabo la autopsia del supuesto oficial –que fue enterrado en la tumba 1.886 del cementerio de Huelva– y, sobre todo, el coronel Jesús López Barrón, un antiguo veterano de la División Azul que era jefe de la dirección general de Seguridad, procuró que la documentación hallada llegara hasta los alemanes. Aunque, de manera bien significativa, las líneas maestras de la «Operación Carne Picada» estuvieron en manos de espías que podríamos denominar de la reserva y que incluían desde Ian Fleming, el novelista creador de James Bond, a Charles Fraser-Smith, el inventor de un cilindro para trasladar un cadáver muy especial, el engaño surtió efecto.


Ideas de película
A ello contribuyeron además factores como la torpeza de Karl-Erich Kühlenthal, el jefe de la Abwher en Madrid, que tenía una abuela judía y unos deseos inmensos de destacar ante sus jefes nazis o la astucia de Juan Pujol «Garbo», un agente doble que enredó a Kühlenthal y que tendría su momento de mayor gloria en vísperas del desembarco en Normandía cuando convenció a los alemanes de la existencia de un ejército aliado totalmente imaginario.

Pero no resulta fácil trazar una línea entre «buenos» y «malos». En el bando alemán estuvo Alexis von Roehne, que sería ejecutado por conspirar contra Hitler en 1944, y en el británico Ivor Montagu, en realidad, un agente de Stalin y un enemigo de la democracia. Finalmente, los aliados lograron desembarcar con relativa facilidad en Sicilia.

Faltaba un año para el asalto en toda regla a la «fortaleza Europa», pero los días del régimen de Mussolini –como se había previsto– quedó herido de muerte y el segundo frente se convirtió en una realidad. La guerra había cambiado de signo.


¿Y Franco qué dice de esto...?
Con unas fuerzas armadas divididas en cuanto a las simpatías por los diversos beligerantes, la actitud de Franco resultaba esencial. Alan Hillgarth, auténtico coordinador de espías en Madrid, informó a sus superiores de que Franco estaba ansioso por preservar su neutralidad y libertad de acción. Sólo había un riesgo de que España dejara de ser una nación neutral y era que «una victoria decisiva de Alemania sobre Rusia podría permitir que Falange tomara el control total (y) España probablemente uniría su suerte a la de Alemania». La misión fundamental pues de los agentes británicos era lograr que Franco se mantuviera neutral por encima de los ardores falangistas. De hecho, incluso se llegó a idear un plan de resistencia español en caso de que Hitler, cansado de la actitud de Franco, decidiera invadir la Península. El nombre –Goldeneye– se lo pondría Ian Fleming y debió gustarle especialmente porque lo repetiría para bautizar su casa en el Caribe y una de las aventuras del agente 007.