El arte milenario de extraer corcho sobrevive a la crisis

Este año la saca de la corteza del alcornoque ha empezado y acabado antes por la falta de lluvias. El sector, que da trabajo a 2.000 personas, está sabiendo capear la coyuntura económica, ya que su facturación asciende a 350 millones de euros 

Dicen que un buen vino se disfruta con los cinco sentidos. El color, el aroma, el sabor, la estructura y el sonido cuando se descorcha la botella. Un sonido que recuerda a las celebraciones, y un sonido que hace saber a los sacadores profesionales si el primer hachazo metido al alcornoque ha sido el óptimo. Pero este disfrute, si la botella está tapada con un tapón de rosca o uno de plástico desaparece. Al igual que podría hacerlo el sector y con él el futuro de los alcornocales, uno de los mayores ecosistemas que tenemos en España respecto a la biodiversidad y a la fijación de dióxido de carbono (CO2), por el empleo creciente de tapones de rosca y sintéticos que simulan el color, que no las propiedades, del corcho natural. «El 98 por ciento de los tapones de los grandes vinos es de corcho natural», afirma Sergi Sabriá, portavoz de Cork, la patronal del sector. Por algo será.


El sector en España, con 506.000 hectáreas de alcornocales (el 25 por ciento del mundo) y 150 empresas, ha sabido capear la crisis. La industria asociada a este viejo arte, que «ya, según Sabriá, en 1912 exportaba», factura unos 350.000 millones de euros al año y da trabajo a 2.000 personas.

2.000 puestos de trabajo
Un trabajo duro en el que «aunque no se note la crisis, pagan cada vez menos. Hemos pasado de cobrar 90 euros al día a 70 en esta saca», explica Florentino García, un sacador profesional durante las labores de extracción del corcho en la finca de Palomares. Su jornada arranca a las siete de la mañana. «Al día por pareja hacemos unas 14 o 18 sacas», explica su compañero Jesús Méndez. Unas labores que este año han comenzado y acabado antes por la falta de lluvias.


Después, las 24.000 toneladas de corcho extraídas en Extre-madura, las 3.000 de Andalucía y las 5.000 de Cataluña se transformarán en tapones de corcho principalmente, pero también se usarán en construcción e incluso en la industria aeroespacial, como aislante en los cohetes.


En definitiva, un arte milenario en el que se han sabido traspasar los conocimientos generación tras generación. Con el fin de que este saber no se pierda, y con él los alcornocales, y dado que cada vez son más las botellas de vino, incluso aquellas cuyos caldos que se han producido de forma ecológica, «el Gobierno de Extremadura se ha comprometido a obligar a que el vino ecológico con Denominación de Origen de Extremadura tenga siempre que utilizar tapón de corcho natural», asegura Germán Puebla, director general del Instituto del Corcho, la Madera y el Carbón Vegetal (Iprocor). Una medida que permitirá asegurar la continuidad de este arte y de los puestos de trabajo de la región de Extremadura y de la industria.