El negro verano de las mascotas por José Antonio VERA

El negro verano de las mascotas, por José Antonio VERA
El negro verano de las mascotas, por José Antonio VERA

Para los que tenemos perros y gatos, abandonarlos es algo sencillamente inconcebible. Forman parte de nuestra familia, y como tales queremos siempre lo mejor para ellos. Nos ocupamos de su comida y su descanso, de sacarlos a pasear y al veterinario, de buscarles cuidador o acomodo en el caso de que no podamos llevarlos con nosotros en verano. Por eso es incomprensible esta cifra de la Fundación Affinity según la cual en España fueron rescatados de la calle el pasado año al menos 115.800 perros y 35.700 gatos.

Lo de «al menos» es porque está claro que aquellos animales que fueron abandonados y murieron perdidos, hambrientos o atropellados, no cuentan en la estadística, por lo que estamos ante una cifra mucho mayor, tremendamente sobrecogedora para quienes nos consideramos amigos de los animales y no entendemos como es posible que cada tres minutos llegue un perro o un gato «olvidado» por sus amos a la perrera.

Algo que sucede aún más en verano, y este de 2010 se presenta ciertamente «negro». ¿Por qué?. Sin duda por la crisis. Muchas familias tienen menos dinero, están en paro o pasan por dificultades y optan por desprenderse de sus mascotas. Ya, de hecho, se han triplicado los abandonos y frenado las adopciones. Ciertamente tener un perro en casa es caro, amen de laborioso. Pero en caso de dificultad los dueños deberían pensar que es mejor, aunque no sea lo recomendable, alimentarles con las sobras antes que ponerlos directamente en la calle, lo que en un alto porcentaje de ocasiones es condenarles a la muerte.

Convertir en callejero a un perro acostumbrado al calor del hogar y de sus dueños es una auténtica crueldad. Porque los animales sienten y padecen más de lo que pensamos. En cierta ocasión mi antiguo Boris saltó la valla asustado por una tormenta de truenos y relámpagos. No se quedó en la puerta de casa como hubiera sido previsible, sino que agobiado por el aparato eléctrico corrió y corrió hasta que se encontró perdido. Esa noche no dormíamos en casa y cuando al día siguiente vimos que el chucho había desaparecido nos entró una congoja enorme, como el que ha perdido a uno de sus seres más queridos y no sabe qué hacer para recuperarlo. Patrullamos sin descanso por las calles del entorno y por otras calles más alejadas y por parques y plazas. A Boris se lo había comido la tierra.

Afortunadamente tenía su microchip y decidimos finalmente, ya vencida la mañana, comunicar la pérdida a la Policía municipal. Hicieron un par de llamadas y me dijeron que los bomberos tenían un coocker negro con orejas, hocico y patas color canela que recogieron al amanecer, mientras vagaba por la calle ladrando y gimiendo de tristeza, enteramente empapado por la lluvia. Hicieron las comprobaciones con el chip y vieron que, en efecto, era el nuestro. Cuando nos llevaron a verle estaba escondido dentro de un bidón tumbado y nada más oír mi voz intentó saltar, aunque no pudo hacerlo porque estaba atado. Le vi entonces como el animal más feliz del mundo, igual que yo y mis hijas, que pasamos una penosa mañana en la que no faltaron las lágrimas.Los perros y los gatos parecen fuertes e independientes, pero en realidad son seres tremendamente desvalidos. Por lo menos cuando decidimos convertirlos en domésticos.

De pronto se encuentran perdidos sin saber qué hacer y tremendamente tristes. Por eso son tan incomprensibles estos abandonos veraniegos hechos por gente nada responsable. Habría que endurecer las medidas de adopción, para evitar que las mascotas se conviertan en caprichos, probablemente encareciendo los precios o generalizando la implantación del microchips de los animales, de manera que en cada caso quede claro a quien pertenece el perro abandonado. Y haciendo una campaña de concienciación como esta que intentamos hoy desde A Tu Salud de La Razón, para evitar que se produzcan los abandonos por causas superables como la económica, los cambios de domicilio, el comportamiento del animal o las camadas indeseadas. Cuando no por otras mucho más incomprensibles como la pérdida de interés por la mascota o el fin de la temporada de caza.