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Certezas

La Razón
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Salvo en lo que respecta al presidente Obama, que ha matizado su opinión en por lo menos dos ocasiones, ya todos tenemos claro lo que pensamos unos y otros de la mezquita próxima a la Zona Cero. Una vez pasada la sorpresa y el debate –muy esclarecedor, por otra parte–, queda la ley. La ley especifica, sin ambigüedad ninguna, que los fieles de cualquier religión pueden construir un templo allí donde quieran siempre que cumplan requisitos urbanísticos y administrativos que la famosa mezquita no va a dejar de cumplir. Bien. Como vivimos en sociedades liberales y democráticas, a los que no están de acuerdo con esa construcción les queda el recurso de cambiar la ley. Es una aspiración legítima, que habrá de seguir el cauce habitual: hacer una propuesta, proceder al debate, conseguir el respaldo suficiente en la opinión pública. Mientras tanto, los constructores podrán proceder a levantar su proyecto. Nuestro sistema liberal y democrático nos da una lección, una más. La mezquita, como cualquier otro recinto, sagrado o no, podrá seguir abierta mientras no sirva para preconizar el odio o la subversión de esos mismos principios liberales y democráticos que la amparan. El problema se desplaza así del rechazo inicial, total y de principio, a los contenidos y a las propuestas que pueden llegar a hacerse en nombre del islam. Resulta más difícil, porque nos enfrenta a una responsabilidad que no se agota en un gesto de rechazo y requiere, en cambio, una acción permanente de control y de vigilancia. También exige interés y curiosidad. Ahí, y no en las actitudes apriorísticas, tendremos que enfrentarnos todos a los problemas específicos que plantean la religión musulmana y el Islam. Además, la religión musulmana cuenta con más de mil millones de fieles o de personas educadas en sus enseñanzas. Solemos debatir la existencia o no de un Islam moderado. El hecho fundamental es la presencia de esos millones de personas, que no pueden ser todos –y no lo son– extremistas fundamentalistas. Por eso, sea cual sea la causa de las vacilaciones de Obama, a lo mejor sus dudas resultan más interesantes que las grandes certezas de principio.