Gala de Fin de Año en el Real: preludio para un rescate

Obras de Gershwin, Roig, Bizet, Moreno Torroba, Vives, Falla, Cañizares, Lara, Lleó y Chueca. Solistas: M. Bayo, I. Jordi, L. Casal, Compañía Antonio Gades, A. Gómez y C. Lozano. Coro y Orquesta titular del Teatro Real. Director: A.Pérez. Teatro Real. 

Los bailaores de la Compañía Antonio Gades, Vanesa Vento, interpretando a Carmen, y Jairo Rodríguez
Los bailaores de la Compañía Antonio Gades, Vanesa Vento, interpretando a Carmen, y Jairo Rodríguez

Los contactos de Mortier permitieron que hace un par de meses le llegase al Real la oferta por parte de ARTE TV de realizar una gala de fin de año, que le fue encargada a Emilio Sagi, quien en sus años como director artístico del teatro ya promovió alguna –todavía se recuerda a la gerente Inés Arguelles disfrazada de señora de la limpieza, escoba en mano– y cuya solvencia para resolver estos cometidos improvisados está fuera de toda duda. Pero no es eso, el Real no debe quedarse satisfecho con una emisión por televisión para toda Europa y con unos supuestos beneficios de sesenta mil euros, porque lo importante era sentar cátedra y eso no se logró.

Siendo la idea interesante, al espectáculo le faltó redondez, se le notó pobreza de medios a pesar de la imaginación de Sagi y el programa fue ampliamente susceptible de mejora. A la hora y media sin descanso le faltó continuidad, quizá por necesidades de la emisión televisiva, con pausas excesivamente prolongadas entre algunos números. Se abusó de una medio cortinilla de tiras a modo de peine navideño que evidenciaba la falta de presupuesto.
Brillantes coreografías

Si los números de danza –la Compañía de Antonio Gades con su espectacular zapateado en la invención sobre «Carmen» o los bailes certeros de Aída Gómez y Christian Lozano para «El sombrero de tres picos»– brillaron y acapararon los mayores aplausos, María Bayo no es la artista más idónea para «Cecilia Valdés» ni «La corte del Faraón» y la musicalidad intachable de Ismael Jordi tampoco puede solventar la romanza de «La Chulapona», así como el dúo de «Doña Francisquita» no es el más lucido para una gala. Luz Casal, muy ligada a ARTE, emocionó al público al salir al escenario, pero ella misma se emocionó demasiado ante el micrófono.

Cañizares ensayó con su guitarra lo que puede ser su actuación junto a la Filarmónica de Berlín esta primavera en la misma sala y Alejo Pérez evidenció inexperiencia en el ajuste del volumen orquestal al acompañar las obras cantadas. Las sevillanas de «El Bateo» pueden encajar perfectamente entre otras piezas, pero no cierran bien un concierto, iniciado por cierto con aires cubanos a través de la «Obertura cubana» de Gershwin con imágenes tercermundistas proyectadas sobre el telón.

El Real estaba obligado a echar el resto, sobre todo cuando la Filarmónica de Berlín y Dudamel tocaban espectacularmente a la misma hora «Las hijas del Zebedeo» de Chapí y la de Viena con Welser-Möst iba en Año Nuevo con aires españoles, aunque firmados por los Johann Strauss padre e hijo y Joseph Hellmesberger.

Nuestra reputada capacidad de improvisación ya no debe conformarnos ni siquiera en el arte y las chirigotas finales de Chueca, entre globos, serpentinas y brindis de altos cargos del teatro junto a los artistas participantes, pueden quedarse en el preludio para un rescate si los mercados pasan de tanto folclore con pinceladas tercermundistas y, como se espera, lanzan su ataque masivo en febrero. Italia, con Daniel Harding en la Fenice e igualmente por ARTE, tampoco daba en diana con su más serio pero trasnochado enfoque. Definitivamente tenemos que cambiar el chip en todo. ¡Feliz 2011!