Literatura

Sevilla

Soledad acompañada por Luis del Val

La Razón
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En aquellas Cortes Constituyentes de 1977, las diputadas y senadoras eran observadas con curiosidad. Las entradas y salidas de Ana María Ruiz Tagle, Carlota Bustelo, María Dolores Pelayo o Soledad Becerril suscitaban atención, entre otras cosas porque las mujeres apenas representaban algo más del 6% de la composición de las cámaras, y hasta entonces las mujeres que se habían dedicado en la dictadura a la política lo habían hecho a través de la Sección Femenina, la reserva en la que el machismo de Falange Española estabulaba a las chicas. No era el único machismo. Abundaba en los partidos democráticos emergentes y, por supuesto, en los sindicatos.

Soledad Becerril, un par de años o tres más tarde, siendo presidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo, sería nombrada ministra de Cultura, y sería la primera ministra de la democracia, como después sería la primera alcaldesa de Sevilla, época a la que pertenece esta foto.

 Dicen que el el espíritu espartano de esta mujer sacudió a los funcionarios –a los que congeló el sueldo– espantó a sus colaboradores, y llamó la atención de los acompañantes que, a según qué horas, observaban cómo la alcaldesa, dentro del Ayuntamiento, iba apagando ella misma las luces, como vamos a tener que hacer nosotros ahora en nuestras casas, tras lustros de ocultar el precio real de la energía. Y no se trataba de tacañería o de un gesto con aspiraciones de pose, sino tras constatar el agujero financiero de un municipio que estaba en quiebra.

Pese a ello parece que la Policía Municipal, los taxistas y los sevillanos en general no tienen mal recuerdo de cuando esta mujer tomó la vara de la ciudad hispalense.

Viéndola aquí, tras la estatua policromada, con las vidrieras al fondo, en su asentada madurez, no puedo olvidar aquellos inicios del 77, cuando creíamos que el futuro era un animal doméstico que comía en nuestras manos, y cada mes parecía un año, y cada pequeño avance una cima.

A veces, se paraba delante del escaño azul de Joaquín Garrigues Walker, que era ministro de algo, daba igual, y musitaban unas confidencias, porque Soledad pertenecía a los liberales, dentro de aquel abigarrado estampado ideológico que era UCD, y donde Joaquín ponía el humor británico y una suerte de elegancia cosmopolita.

Ignoro si para ser del partido liberal era obligatorio tener sentido del humor, pero recuerdo la presentación de un libro de Alfonso Ussía, en el Club Financiero, y como éste, en el capítulo de agradecimientos, en lugar de dar la tabarra hablando de lo mucho que le había costado escribir la obra, se puso a cantar un fado. Soledad fue la primera que rompió a reír, al comprobar el triunfo de lo divertido sobre lo enfático.

Seguro de que no se quedará como una estatua, ni pasará mucho tiempo con las manos sobre la mesa. Y pido disculpas por dedicar más espacio a la glosa del pasado que a la del futuro. Pero es que, en ocasiones, es muy difícil explicar algunas cosas sin echar la mirada hacia atrás, mientras el río fluye y muchas soledades van quedando en las orillas.