Afganistán

Un escándalo incontenible por César Vidal

La Razón
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Obama comparecía por primera vez ante la Prensa en ocho meses y todos estaban pendientes de cuáles pudieran ser sus declaraciones sobre el escándalo de moda. No hubo sorpresas. Obama comenzó refiriéndose a la crisis con la que se había encontrado al ganar las elecciones; insistió en mantener los impuestos bajos como manera de ayudar a la recuperación económica y se entregó al elogio de la clase media como el segmento social que da fortaleza a EE UU. Sólo entonces, cubiertas las obligadas referencias a la economía y a los votantes a los que se dirigió de manera privilegiada en la campaña, Obama mencionó a Petraeus.
En primer lugar, subrayó que no existe ninguna prueba de que en ningún momento «material clasificado» hubiera salido del marco de seguridad. Luego, Obama se entregó al elogio. Ciertamente, el comportamiento privado del general impedía que siguiera al frente de la CIA, pero, según sus palabras, Petraeus había realizado una magnífica labor en Afganistán y, gracias a su esfuerzo, EE UU podía sentirse más seguro. Ninguna de las afirmaciones deja de ser discutible, pero no cabe duda de que Obama salvaba de momento la situación de forma impecablemente institucional. No era para menos. La aparición de Jill Kelley añadió una nueva e intrigante dimensión al escándalo. No se trataba únicamente de una segunda posible amante, sino también de una persona que se comunicaba con inusitada frecuencia con Allen, sucesor de Petraeus en Afganistán.
Pero ahí no termina el elenco de personajes. Recientemente, Natalie Khawan, hermana de Jill Kelley, se vio envuelta en un pleito por la custodia de un hijo. El juez Neal Kravitz llegó a acusarla de falta de honradez y de «retorcer prácticamente todo». A pesar de que no daba la impresión de que se tratara de una persona especialmente recomendable, tanto Petraeus como Allen escribieron cartas al tribunal para ayudarla a ganar el juicio. El detalle excede de la simple amistad. Las hermanas no sólo parecen haber tenido un especial poder de convicción en el seno del estrato militar. El agente del FBI que escuchó las primeras quejas de Jill Kelley referidas a los emails amenazantes era un antiguo amigo de la ebúrnea libanesa. De nuevo, debió de existir algo más que amistad porque se ha constatado que en cierta ocasión envió a Jill unas fotos en las que aparecía desprovisto de camisa. La dedicación que el agente del FBI otorgaba al caso debió parecer excesiva a sus superiores, porque decidieron apartarlo alegando que «se había obsesionado» con él. Sin embargo, el agente pasó los datos al congresista republicano Dave Reichert, quien a su vez entregó la documentación al jefe de la mayoría en el Congreso, Eric Cantor, el 27 de octubre. Menos de dos semanas después, el escándalo era incontenible. De acuerdo con esta versión, la Casa Blanca no habría sabido nada de lo sucedido durante este tiempo y, por lo tanto, habría que descartar una intencionalidad partidista en la caída de Petraeus. Naturalmente, a estas alturas, la cuestión fundamental es saber si en algún momento se vio afectada la seguridad nacional, tema nada baladí si se tiene en cuenta la situación bélica –nada halagüeña– por la que atraviesan las fuerzas aliadas en Afganistán. Sería de desear que aquí concluyera todo, pero, a día de hoy y a pesar de las palabras de Obama, hay pocas esperanzas de que así sea.


César Vidal
Enviado especial a Estados Unidos