27 años: la edad maldita del rock

Amy no supo o no pudo con la pesada carga de la fama
Amy no supo o no pudo con la pesada carga de la fama

Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver. Es una frase que todavía hoy sigue funcionando entre los amantes de la épica del rock and roll. Y tampoco es mal resumen para hablar de las biografías de Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Brian Jones, Kurt Cobain y Amy Winehouse. Todos ellos se marcharon a los 27 años, en la cima de su carrera y de su locura, después de vivir en el alambre y tambalearse mil veces antes de caer para siempre.

Antes y ahora, la realidad es que no sorprendió ninguna de estas muertes numeradas. Tras el impacto inicial, el cerebro procesa la normalidad y asiente: «Era de esperar». Morrison murió en la bañera de un modesto hotel parisino, harto de ser Jim. Joplin se marchó después de una solitaria sobredosis tras una juerga y sin nadie cerca para socorrerla. Hendrix también murió tras una fiesta por ingesta de pastillas y alcohol, solo en su habitación. Jones murió ahogado en una piscina, también solo, por causas que todavía invitan a mil especulaciones. Y Cobain se pegó un tiro en la cabeza al lado de un coche sucio en un garaje.

Todas estas muertes alimentaron la mitología particular del rock and roll y los más líricos se empeñaron en adornar los cruentos finales. La pura realidad es que todos estos músicos murieron por su incapacidad para gestionar el éxito, el talento y el carisma. A fin de cuentas, ¿qué tiene de bonito morir a los 27 años?

Más alcohol que sangre
En el caso de Amy ni siquiera será tan fácil disfrazar de elegancia su muerte, y menos después de comprobar aquellas bochornosas imágenes de hace unas semanas, tambaleándose sobre el escenario con más alcohol en el cuerpo que sangre. Parece que en esta época ya no quedan ni ganas de adornar la muerte de un ídolo.

De lo que no cabe duda es de que Amy Winehouse es el «primer bonito cadáver» del siglo XXI, una muerte tan anunciada como pudieran ser las de Hendrix, Joplin o Cobain. O incluso más, cosa de la tecnología. Pero ahí permanece el número. De nuevo a los 27 años, y después de beberse el éxito a tragos e intoxicada finalmente. Pasan los años, las décadas y los siglos, y todavía siguen quedando artistas con ganas de suicidarse. Qué desastre.