La estupidez

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En una de las asambleas de la Puerta del Sol, la gente escuchaba absorta cómo un indignado aseguraba que a los seres humanos –incluido a él y a los que allí estaban, sin duda– nos controlan unos seres que habitan el espacio exterior. Los asistentes aplaudieron levantado los brazos y moviendo las manos, uno de los signos de identidad de la Indignación, copiado, al parecer, de lo que enseñan a hacer a los pobres niños en las guarderías. Uno de los elementos menos comentados de todo este asunto es la infinita, la insondable oleada de estupidez que se nos ha venido encima. Está relacionada, por una parte, con la apoteosis de un modelo cultural vigente durante décadas y, por otro, con las famosas redes sociales. La estupidez forma parte de la naturaleza humana. Hasta ahora estaba reprimida, en el conjunto de la sociedad, o limitada en su cultivo de las vanguardias artísticas e intelectuales. Gracias a estas últimas –basta visitar un museo de arte contemporáneo o asistir a cualquier evento subvencionado– la estupidez ha ido cobrando un nuevo prestigio. Las redes sociales, modelo de democracia instantánea y directa, han hecho lo demás: lo que estaba reducido a una minoría que se complacía en su propia imbecilidad ha pasado a ser algo respetable, digno de emulación. Así que han saltado las barreras con las que los seres humanos intentábamos controlar nuestra irremediable tendencia a la estupidez. Hay quien piensa que el «chabolismo ilustrado» (sic) de Sol es una obra maestra y en cambio hay quien opina que no es digno de lo que ahí se ha escenificado, que sería la ceremonia del origen de la colectividad humana, alienada en el sucedáneo de comunidad que son los centros comerciales… Caín, nuestro gran dibujante de LA RAZÓN, lo ha dicho mejor que nadie: «¡Qué ganas tengo de ser mayor para recuperar mi infancia!».