Destrucción

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Greenpeace publicó hace poco su informe «Destrucción a toda costa», y la Prensa en masa entró en éxtasis políticamente correcto. Por ejemplo «ABC»: «España destruye cada día una zona de costa como ocho campos de fútbol». Los periodistas tomaron al pie de la letra el disparatado argumento de Greenpeace, que identifica destrucción con construcción, y termina sembrando el terror porque la gente quiere vivir junto a la playa. «El País» siguió fielmente este razonamiento, proclamó: «La costa española está mal», y no puso en tela de juicio el supuesto argumento de Greenpeace, que invita a la alarma porque «el 44 % de los españoles vive cerca del mar, a pesar de que ese territorio supone sólo el 7 % del total». ¡O sea que deberíamos vivir en proporción a la superficie! Oiga, y ¿por qué? Denunció certeramente en «Libertad Digital» Juan Ramón Rallo la «perversión en esa idea de que el ser humano, que hasta donde sé forma parte de la naturaleza, destruye la naturaleza a través de su comportamiento también natural. Sólo concibiendo al ser humano como un elemento exógeno a la naturaleza, como un parásito que debe ser sometido o erradicado, cabe defender seriamente que los individuos destruyen el entorno». Y la conclusión, como es norma en el argumentario antiliberal, es siempre la misma: la maldad estriba en los seres humanos libres, con lo cual, naturalmente, debe acudir presta la coacción política a recortar su libertad.