Libros

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Fahrenheit 451

La Razón
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Es la temperatura a la que el papel entra en combustión. En la anticipación de Ray Douglas Bradbury, unos elegidos memorizaban los libros para conservarlos oralmente. En las madrazas islamistas, los estudiantes hacen lo mismo con el Corán, por lo que esos desavisados reverendos americanos se sumergen en un ridículo peligroso levantando piras.

Entre nosotros, aquello de tirar libros a la piscina sólo era un recurso literario de Umbral y de Vázquez Montalbán a través de su personaje Pepe Carvalho, que encendía la chimenea con su biblioteca. No hay que destruir libros, ni siquiera el «Mein Kampf», para recordar lo que supuso la enajenación hitleriana. La erupción del fundamentalismo islámico no se aborda asando manteca.

 El problema es que el Corán no sólo es un evangelio, sino un código civil inseparable que entra en conflicto con la división de las confesiones religiosas y el Estado. El tratamiento coránico hacia la mujer o la añoranza violenta por el pasado esplendor –«Allá de donde os hayan echado, volved y matadlos a todos»– resuena ríspido para nuestra cultura. Y como la nación musulmana está atravesando su propia Edad Media, no se puede abrir un templo protestante o católico en Arabia Saudí, pero sí mezquitas en Lérida o en la Zona Cero de Manhattan. Sin equidad y tolerancia es imposible hacer una Alianza de Civilizaciones que siempre se han confrontando con más o menos sangre.

Sólo cabe sostener a los musulmanes moderados, quienes hacen lectura «benigna» de Mahoma y que son mayoría, y rezar a Dios, Alá, Yhavé, al faraón Akenaton, quien implantó el monoteísmo. Todos somos hijos de un Dios menor.