Natalia Estrada: La mujer que susurraba a los caballos

Fue una «sex symbol» en la España de los 90, pero decidió poner tierra de por medio y vivir en Italia. Se enamoró de los caballos y hoy es una «cow girl»

Exilio elegido. Y, de momento, sin vuelta atrás. Sin nostalgia a la televisión ni por retomar aquellos minutos que convirtieron en una «sex symbol» en nuestro país y un ídolo catódico en Italia. «Tanto aquí como allí, la televisión se ha vuelto un poco cruel y ha tomado el mismo rumbo. Se ofrecen los mismos programas: ‘‘Gran Hermano'', ‘‘Supervivientes''... Al final se trata de que te juzguen y a mí esos formatos no me gustan. No me hacen tilín», asegura desde su centro de operaciones en Turín. Y añade que «la televisión no es para mí un punto fijo en la vida que me sirve para medir lo que hay antes y después como si fuera antes o después de Cristo. Está claro que es algo importante en mi vida pero llega un momento en que te pesa un poco».

En pleno campo. Sin focos, apenas maquillaje, pero con el mismo gancho que cuando presentaba «Que vivan los novios» y «Bellezas al agua», programa que tuvieron una enorme audiencia en España. «Todavía se emite una sitcom que grabé una serie que parece muy inocente para lo que se emite hoy en día. La gente se cree que todavía sigo en la televisión y me llaman Pathy porque me siguen identificando con el personaje», comenta Natalia.

Ahora esa vitalidad de la que siempre ha hecho gala está focalizada en los diez caballos que comparte con su esposo y que le han convertido en una cowgirl del siglo XXI. Juntos capitanean Ranch Academy, un centro de formación y exhibición ecuestre en el que recuperan la monta al más puro estilo del viejo oeste americano, como si no huebiar pasado el tiempo. «Fue una decisión propia. Entraron en mi vida hace diez años como mi pasión y ahora son mi día a día», confiesa a través del teléfono. Y todo, sin perder el glamour por el camino. «Por culpa de los "espagueti western"el cowboy tiene una imagen de sucio maloliente que siempre va escupiendo, pero no se corresponde con la realidad para nada. Todo lo contrario, el cowboy es culto y elegante tanto en su forma de ser y en la monta como a la hora de vestir».

Mantenerse en forma
Es más, no parecen haber pasado los últimos diez años por ella. «En realidad no hago nada especial, los caballos me obligan a estar siempre haciendo ejercicio al aire libre, cargando cosas, moviéndome muchísimo... No necesito gimnasio para mantenerme en forma. También viajo muchísimo lo que te hace tener siempre las maletas preparadas y mantenerte vivo. Simplemente intento no parecer más joven de lo que soy: no me pongo trencitas ni abuso de la minifalda. Simplemente vivo como me siento, una mujer a punto de cumplir 40 años».

¿Su filosofía vital? La que imprime «El hombre que susurraba a los caballos», pero en femenino. «Tenemos mucha relación con el jinete inspiró primero la novela y posteriormente la película que protagonizó Robert Redford y en la que debutaba una casi adolescente Scarlette Johhansson. Le invitamos una vez al año a nuestra casa, es algo así como nuestro maestro».

Con esta declaración de intenciones, cabe preguntarse qué queda de aquella chica que debutó a los 18 años en «La quinta marcha», el programa adolescente de referencia en los 90 que fue también la plataforma de otros como Jesús Vázquez o Penélope Cruz. «No te lo vas a creer, pero ayer mismo me puse a cantar el rap de la sintonía... Y le explicaba a mi marido cómo era aquello. Nos creíamos que la vida era como un parque de atracciones en el que todo es maravilloso, en el que todos te quieren y todo va bien», recuerda, para apostillar a renglón seguido que «más adelante descubres que las puñaladas existen, pero como en todas las profesiones y todos los trabajos. Prácticamente sigo siendo la misma. A lo mejor en algunas cosas soy algo más precavida frente a la inocencia con la que empecé y he aprendido a que me hieran menos las cosas. El trabajo y la vida te curten: te llevas desilusiones, aprendes de los errores... Siempre hay una de cal y una de arena».

La de arena es no perder el contacto con su tierra natal, Asturias, de donde se marchó a los 16 años para ingresar en el Conservatorio Real. ¿La de cal? Que no piensa en mudarse ni a corto ni a largo plazo. «No echo de menos España porque viajo muy a menudo. De hecho acabo de estar dos semanas con mis padres en casa, en Gijón; no me da tiempo a echarles de menos. Pero ya tengo mi vida hecha en Italia. Trabajar con el caballo de rancho en España sería bastante difícil. Y es que, si bien hay tradición de doma vaquera en el Norte, no cuaja mucho nuestra modalidad. Por ahora son los españoles los que vienen a nuestros cursillos», plantea.

Atada a unas espuelas
Y es que, a Italia le ata algo más que unas espuelas y una silla de montar. «Es cierto que a mí me empujó a trabajar en Italia el hecho de casarme con un italiano y tener una niña. Si me hubiera casado con Andoni Ferreño cuando hacíamos "Vivan los novios", seguramente me hubiera quedado a trabajar allí. Fue mi vida la que condicionó la televisión, no a la vez».

Con esta premisa, lleva siete años con Andrew Mischianti, con quien comparte su pasión por los equinos. «No estamos casados ni por la Iglesia ni por el juzgado, sino que lo hicimos por un rito diferente, para mí vale más», asegura esta cowboy y madre de una joven de 17años, fruto de su primer matrimonio con Giorgio Mastrota: «Natalia se parece mucho a mí, es deportista, le gusta estar al aire libre y practica esquí alpino», asegura sobre su hija.

 

Una carrá a la española
Hay quién comparó el tirón de Natalia en Italia como en su momento el de la Carrá en España. «Tuvo mucho que ver el hecho de que mi aterrizaje allí coincidió con un "boom"de lo español, que tuvo su momento más alto con la película "Il Ciclone". Coincidieron muchas cosas. Cuando te llega una buena oportunidad tienes que estar preparado, y eso es lo que ocurrió. Llegó el empujón en un buen momento», comenta.

 

Año 2003: Un accidente que cambió su vida
Al conversar con Natalia da la sensación que ha encontrado la verdadera felicidad delante de un equino, que aquello de los platós era tan sólo una satisfacción de cartón piedra. Pero ella puntualiza: «En todas las etapas de mi vida he intentado ser feliz y siempre lo he conseguido allí donde he estado. Además he sabido cambiar de rumbo cuando lo que estaba haciendo no me gustaba». Así ocurrió hace una década cuando se inició en la equitación (en la imagen). Aunque realmente, el cambio de ciclo tuvo lugar en 2003, cuando sufrió un grave accidente a lomo de uno de sus caballos favoritos. «Tropezó, me dio un golpe en la cara, caí contra un recinto de madera... Lo cierto es que estuve bastante jorobada, pero luego me recompusieron en el hospital. Y aquella experiencia, lejos de alejarme de este mundo, hizo que naciera una relación natural con el animal, cómo conocerle, saber de sus reacciones... , desde ese momento me di cuenta de que no me podía limitar a subir a caballo y hacer unos ejercicios. Así surgió la magia, vi la película en el hospital con la escayola. Fue una señal, el principio de todo lo bueno que me está pasando». Así se volcó en el aprendizaje de la monta americana, la doma y los saltos de obstáculos.