Esperanza por Alfonso Ussía

De salud, está en perfectas condiciones. Pero hasta el moño. Está harta. No puede resistir cobardías ni derivas peligrosas

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«Esperanza nuestra». Así principió en la sede de LA RAZÓN una magistral intervención Antonio Mingote: «Creo que por fin, he hablado bien en público». Arrasó. «Desesperanza nuestra», diría hoy. Pero tampoco. Conozco, quiero y admiro a Esperanza Aguirre desde la primerísima juventud. Los tiene mucho más grandes que los hombres, incluído el que escribe, y por supuesto, que Rajoy. La Izquierda no puede resistir su inteligencia, su sentido de la libertad, su honestidad personal, su gracia natural y su naturalidad pasmosa. Es la referencia liberal del Partido Popular. Concejala, ministra, Presidenta del Senado, Presidenta de la Comunidad de Madrid. Cada cita electoral con más votos. Muchos la creímos optando a la más alta responsabilidad. Y me gusta creerlo todavía. Firmeza que le impide tragar sapos, y menos aún, culebras. De salud, está en perfectas condiciones. Pero hasta el moño. Está harta. No puede resistir cobardías ni derivas peligrosas. Ha colocado a Madrid a la cabeza de España, superando en el PIB a Cataluña. Pero si mañana se presentara por el PP en Cataluña, a Mas y más de uno se le pondrían de corbata. Su dimisión, conociéndola, sólo puede responder a la extenuación en el hartazgo, a la desilusión diaria que le procuran los mediocres de su partido. En dos legislaturas, diez hospitales. La obsesión del bilingüismo. La admiración de los votantes a los que jamás ha traicionado, y el odio y resquemor de los que no tienen argumentos contra ella. Pues sí, de muy buena familia, como el poeta Jaime Gil de Biedma, con un Aguirre más vasco que Urkullu, y por matrimonio, condesa de Murillo y Grande de España. Que se jodan los feos. No necesita el sueldo, ni comisiones, ni trampas con el dinero público para subsistir. Paga lo que compra. No esconde, como otros, 200.000 euros contantes y sonantes mientras asalta supermercados. Si fuera hombre no sería tan enorme, y ahí discrepo de Ángela Vallvey. De ser hombre no sería tan clara y tan valiente. Se emocionó al despedirse, pero la emoción no puede nublar futuros proyectos. Escribe Salvador Sostres, que es catalán y no enemigo del independentismo –aunque lo presiento vacunado–, que Esperanza se va, pero no definitivamente. Y si lo hiciera, acudiríamos a buscarla. Me uno a la comitiva de la búsqueda con entusiasmo. Los votantes del centro y la derecha estamos decepcionados. No reconocemos a un partido que maneja a su favor los resortes interpretables de la Justicia para excarcelar a un torturador y un asesino. No reconocemos a un partido que, ante la provocación del nacionalismo catalán –que no es Cataluña–, habla de «algarabías». No reconocemos a un partido que antes de las elecciones generales nos pidió sacrificios para obtener resultados, y nos ha sacrificado sin resultado alguno. No reconocemos a un partido que recela de sus mejores y los arrincona hasta el aburrimiento. Francisco Marhuenda destaca de Esperanza Aguirre su transparencia. En un partido que lo ha tenido todo a su favor y se ha encaminado hacia las brumas, la transparencia es un delito imperdonable. Han intentado machacar a Esperanza desde fuera, y ella se ha fumado un puro. Pero el dolor de las intrigas provenientes de los suyos, le han llevado a tomar su sorprendente decisión. Se ha ido emocionada, cumplida, triunfadora y profundamente cabreada.

Vamos a necesitar de su inteligencia y coraje para poner en su sitio lo que hoy es un batiburrillo de ripios desperdigados. Sus nietos se lo agradecerán en el futuro.