«Los mercenarios»: Los tipos duros aún bailan

Stallone sigue rodando escenas de acción con la misma vitalidad
Stallone sigue rodando escenas de acción con la misma vitalidad

Dirección: Sylvester Stallone. Intérpretes: Sylvester Stallone, Jason Statham, Jet Li, Eric Roberts, Dolph Lundgren, Mickey Rourke. EE UU, 2010. Duración: 103 minutos. Acción.


Devotos del puño cerrado y la patada estratégica, Silvester Stallone y Arnold Schwarzenegger se someten a un duelo verbal en una iglesia disputándose un trabajo millonario para… Bruce Willis. Los antiguos socios del Planet Hollywood se congregan en el templo de la fe para guiñar el ojo a todos aquellos seguidores del cine de acción de los ochenta que aplauden la ironía de Stallone, que ha decidido convertir una reunión de antiguos colegas –faltarían Chuck Norris, Steven Seagal y, en un plano ya menor, Michael Dudikoff– en una película que, en otros tiempos (¿los ochenta?), habría sido carne de directo a vídeo. Stallone añade un contrapunto moderno (Jason «Crank» Statham) a su verbena de viejas glorias para captar nuevo público, pero el conjunto, jocoso aunque se nos antoje crepuscular, evoca el machismo sudoroso del cine halterofílico de serie B, mezclado con la mirada, entre nostálgica y elegíaca, del tramo final de la filmografía de un hombre como Stallone.

La película funciona mejor cuando se entrega a las digresiones de este grupo salvaje de mercenarios, liderados por el verbo fácil de Mickey Rourke, que cuando intenta cortar en juliana incesantes y aburridos tiroteos y explosiones que dinamitan la tópica historia de corrupción y narcotráfico en un país latinoamericano inventado. A Stallone le gustaría ser Howard Hawks –el de «Sólo los ángeles tienen alas» o «Hatari»– pero su parecido más razonable es con Menahem Golan –el de «Delta Force».