La política exterior bajo mínimos

En menos de tres meses España se ha enfangado en tres crisis con Marruecos, Venezuela y Gibraltar. La estrategia ha sido la debilidad en lugar de la firmeza

La visita de Moratinos a Gibraltar el pasado verano levantó ampollas. La foto con Caruana en El Peñón parece muy lejana ahora que el ministro principal ha plantado a España en el Tripartito.
La visita de Moratinos a Gibraltar el pasado verano levantó ampollas. La foto con Caruana en El Peñón parece muy lejana ahora que el ministro principal ha plantado a España en el Tripartito.

Madrid- La expulsión de la activista saharaui Aminatu Haidar a Lanzarote hace casi un año abrió una etapa de la política exterior española en la que (casi) todo han sido disgustos. La actitud desafiante y provocadora de Marruecos se repitió durante el verano, en este caso en la frontera con Melilla, y fueron las mujeres de la Policía Nacional que sirven en el paso las que pagaron el pato.
Al contencioso con Rabat siguió el encontronazo con Venezuela. Hugo Chávez aplicó la máxima «A palabras necias, oídos sordos», según dijo él mismo, a la evidencia de que Venezuela se ha convertido en un campo de entrenamiento para etarras. Dos miembros del Comando Imanol confesaron haber recibido adiestramiento en Caracas a cargo de un funcionario, y a la sazón etarra, de la Administración del caudillo bolivariano.
Pero la lista de afrentas sigue. Esta misma semana la guinda la ha puesto el Gobierno de Gibraltar, el mismo que el Ministerio de Exteriores sentó a su lado y al de Gran Bretaña como si de un igual se tratara en el Foro Tripartito de 2004. El ministro principal, Peter Caruana, ha plantado a España en las dos reuniones preparatorias de dicho foro y ha retado a Moratinos a acudir a La Haya «si tan seguro está» de que las aguas que rodean al Peñón son españolas.

De rodillas
¿Qué tienen en común crisis tan alejadas y actores tan dispares? Según el veterano diplomático Eric Martel Adeler, la respuesta es «la absoluta debilidad de nuestra política exterior». «Lo que estamos haciendo es arrodillarnos ante todos, la única estrategia es la de ceder. Estamos destrozando los intereses nacionales en el extranjero», continúa Martel.
En el caso concreto de Gibraltar, la Guardia Civil lleva casi un año quejándose del acoso de la Policía gibraltareña en las aguas territoriales españolas que rodean el Peñón, pero Interior se resiste a facilitarles un «protocolo de actuación». Martel, que sirvió de delegado especial para Gibraltar del Ministerio de Exteriores entre 1979 y 1984, tiene claro que «Gran Bretaña da todos los pasos importantes cuando observa debilidad en España». En su opinión, «los ingleses no dan puntada sin hilo, su estrategia es la de divide y vencerás, para eso se inventaron el pueblo gibraltareño. Luego tratan de imponer la ‘‘pax britanica''».
Uno de los motivos por los que Interior no termina de dar a los guardias civiles órdenes precisas es «porque Zapatero lo que quiere es tener la fiesta en paz». Según este diplomático, la actitud de pasividad del Ejecutivo socialista anima las actuaciones de Londres, «que nos mete un gol diario y no cesan de extender Gibraltar rellenando el mar con tierra española».

Un filón
Y como a río revuelto, ganancia de pescadores, el Partido Popular aprovecha sin parar este filón para elevar el tono de la crítica. El diputado del PP por Cádiz José Ignacio Landaluce también considera que Londres «se está aprovechando de la debilidad del Gobierno porque ve que es rentable. Presionan para que nos achantemos».
En su opinión, con esta estrategia, «exactamente la misma que sigue Marruecos en el caso de y Melilla», Gran Bretaña busca una cosa muy clara: que se le reconozca soberanía sobre las aguas. «Moratinos no tiene más remedio que transigir porque si fracasa el Foro de Diálogo también lo hace él», continúa el político popular antes de asegurar que «Londres ha perdido el respeto a España».
Lo cierto es que la reacción del Ministerio que dirige Miguel Ángel Moratinos es casi siempre tibia. De forma invariable, se tiende a rebajar el tono, a hacer como si la cosa no fuera tan grave, y se apresuran a dar por zanjados conflictos recién nacidos. Al menos en Melilla y en Gibraltar, últimos escenarios críticos, nadie da nada por cerrado. Más bien al contrario, creen que esto sólo ha comenzado.