El dedo muerto

La Razón
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Nos parece insólito que en Grecia se cuenten por miles las familias que viven de la pensión de un muerto y que guardan en el frigorífico un dedo de éste para seguir firmando con sus huellas dactilares. Pero, sin ir más lejos, todos los miembros de nuestro Gobierno, y los cargos de confianza de esos miembros, se hallan en este momento en esa misma situación existencial, o sea, viviendo de la patética pensión de una legislatura muerta y tratándonos de convencer de que aún sigue vivita y coleando en contra de la más clamorosa evidencia. En el frigorífico de La Moncloa hay un dedo podre que Zapatero empezó a usar aquel sábado fatídico del 8 de mayo de 2010 en el que esta legislatura suya se desplomó de muerte súbita y en el que él recibió el pésame de Bruselas, del Banco Central Europeo, del FMI, de Obama, de los chinos, de medio mundo mundial. Con ese dedo gélido, póstumo y cutre-pensionista que le cercenó con un cuchillo jamonero al frío cadáver de su mandato, el presidente ha estado firmando papeles durante un año, yendo a la ventanilla del cobro y comentándole al empleado que «el abuelo está algo pachucho, pero bien». Hasta este pasado 2 de abril en el que anunció su retirada. Desde entonces el heredero del dedo, el que lo mete y lo saca del congelador «moncloarra», es Rubalcaba. Con ese siniestro tampón anda ahora firmando negociaciones colectivas y ofertas irresistibles al PNV. Se ha hablado mucho del dedo de Alfredo. Lo que no se ha dicho es que, antes de señalarle como sucesor, ya era un dedo sajado, un dedo hibernado, un dedo greco-difunto.