España la gran víctima europea de la «guerra de divisas» mundial

Nuestro país, como el resto de miembros del euro, depende de las exportaciones para salir del «agujero».

El secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, señala a Elena Salgado en presencia del ministro de Finanzas de Canadá, Jim Flaherty, ayer en Corea
El secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, señala a Elena Salgado en presencia del ministro de Finanzas de Canadá, Jim Flaherty, ayer en Corea

BRUSELAS- La llegada de la mayor recesión económica en siete décadas produjo un clamor bienintencionado entre las naciones más poderosas del planeta para trabajar codo con codo en la salida de la crisis. Dos años después, los cantos a la cordialidad se han convertido en los tambores de una guerra de divisas, como palanca para salir del bache a costa de los demás, que estos días el G-20 intenta apaciguar.
El primero en encender la luz de alarma fue el ministro de Finanzas de Brasil, Guido Mantega, quien el pasado 27 de septiembre ya alertó de que «nos encontramos en el medio de una guerra de divisas», es decir, en un sálvese quien pueda en el que los países devalúan sus monedas para hacer así más baratos sus productos e impulsar las exportaciones.

Los enemigos
Las armas de esta guerra son numerosas, desde el férreo control político de la apreciación, caso de China, como la compra de divisas extranjeras que deprecia la propia moneda, también del gusto de Pekín, que mantiene alrededor de 2,6 billones de dólares.
China aparece como el gran enemigo a batir, que aguanta como quien escucha llover las llamadas de EE UU y Europa para que deje flotar el yuan. Pero a la UE le crecen los enemigos, porque el euro también se ha apreciado respecto al dólar y a la libra, señal en otros tiempos de la solidez de una economía, pero ahora de las escaramuzas monetarias de los aliados para beneficiarse de la golosina de las exportaciones.
La Reserva Federal y el Banco de Inglaterra aumentarán la puesta en circulación de billetes, a través de la compra de bonos del Gobierno, medida heterodoxa que rechaza usar en este momento el Banco Central Europeo (BCE).
Así que si mientras en un lado EE UU acusa a China de mantener su moneda depreciada artificialmente, y los países en desarrollo acusan a los occidentales de devaluar las suyas a través de dar a la palanca de imprimir billetes, la eurozona se ha quedado en una tierra de nadie recibiendo el fuego cruzado de los dos lados.
Sin la posibilidad de nuevos planes de estímulo por el déficit acumulado, países del euro como España dependen de la exportación para salir del agujero.
«En sustancia, su estrategia para superar la crisis implica generar superávit comerciales con el resto del mundo», indica Simon Tilford, del Centro para la Reforma Europea.
Sin embargo, como añade en un documento reciente, «las medidas de EE UU para debilitar el dólar combinadas con el mercantilismo de los gobiernos de Asia Oriental lo convierte en imposible». Y si Europa es la principal víctima, dentro de la eurozona España es la gran perdedora, ya que con una moneda común la única arma es la competitividad de sus productos, y hacemos gala de tener una de las más débiles frente a otros socios, sobre todo Alemania, como recuerda Tilford. La solución en el entorno internacional pasa por un pacto de no agresión, una ampliación de los acuerdos del Plaza de 1985, extremo que los expertos ven complicado llenar de sustancia más allá de las palabras durante este G-20; y en España por la puesta en práctica de reformas estructurales, prometidas por la polémica y olvidada Ley de Economía Sostenible, que todavía dormitan en el Congreso de los Diputados. Es decir, la guerra de divisas no ha hecho más que empezar.