Obama se impone en la nueva América

El presidente demócrata logra la reelección con 303 votos electorales, pero con una escúalida diferencia de dos puntos en el voto popularConsulte el gráfico adjunto para más información

Obama se impone en la nueva América
Obama se impone en la nueva América

Cualquiera que se hubiera molestado en pasear más por las calles de Estados Unidos y elucubrar menos en sus despachos lo intuía o, de hecho, estaba convencido de cuál iba a ser el resultado del 6 de noviembre. Obama se iba a imponer con un número de compromisarios cercano a los 300 (303-206, al final) y un par de votos de diferencia en voto popular (50%-48%). Ése fue el resultado –perdóneseme la inmodestia de la autocita– que di hace cuatro noches en mi crónica electoral de «Es la noche de César», en EsRadio. Pero no fue un augurio paranormal sino un frío análisis de la realidad como el que realizaba desde estas páginas de LA RAZÓN. No se trata sólo de la victoria sino de las causas. El 6 de noviembre, el republicano Romney adelantó en más de 20 puntos al demócrata Obama en lo que a voto blanco se refiere, pero ha perdido las elecciones. La razón es básicamente demográfica.

Basta con releer un libro de John Fitzgerald Kennedy titulado «Una nación de inmigrantes» y publicado cuando ya era presidente para comprender la cuestión. En las páginas de la citada obra, Kennedy se ocupaba de describir a todos los grupos que habían conformado la nación norteamericana y, de manera bien significativa, mostraba que, mayoritariamente, eran blancos y protestantes ya fuera su origen escandinavo, inglés o germánico. La única excepción notable eran los irlandeses – como él– a los que, no obstante, agregaba al mundo anglosajón. Los italianos como los griegos apenas eran mencionados y los hispanos eran excluidos de manera casi total, salvo unas líneas referidas a los puertorriqueños. Pero Kennedy no era racista. A decir verdad, describía magníficamente Estados Unidos de los años sesenta. Hoy, guste o no, el cuadro demográfico y cultural de Norteamérica resulta muy distinto al descrito bastante aceptablemente por Kennedy. También es distinto del que existía hace tan sólo un cuarto de siglo. En 1988, el demócrata Mike Dukakis vio como su rival republicano le sacaba 19 –y no 20– puntos en el voto blanco. El resultado no fue la victoria de Dukakis sino un desplome colosal en cuarenta estados. No había podido enfrentarse a la suma de protestantes, blancos y gente de más de cuarenta años que entregaron masivamente el voto al candidato republicano.

Se mantenía la hegemonía del grupo social al que habían pertenecido los puritanos, los Padres Fundadores –sólo uno de ellos era católico– y la aplastante mayoría de los presidentes. Ahora la unión formidable en términos electorales es justo la opuesta. Es cierto que el candidato republicano, Mitt Romney, incrementó el apoyo de unos votantes blancos y protestantes que piensan que «les están robando el país».

Sin embargo, Obama obtuvo casi 40 puntos de ventaja sobre Romney en el voto hispano que pasó de ser el 9 por ciento del electorado al 10 en tan sólo este mandato. Los negros – el 13 por ciento de los votantes – retiraron un par de puntos a Obama, previsiblemente a causa de su respaldo al matrimonio homosexual, pero aún así le otorgaron más del noventa por ciento de sus votos. Los jóvenes entre 18 y 29 años dieron al presidente demócrata un veinte por ciento más de votos que a un Romney millonario y caballero, pero demasiado convencional para su gusto. Ni siquiera los independientes se sumaron de manera masiva al dirigente republicano, que sólo obtuvo una ventaja entre ellos del 4 por ciento.

La única excepción a la tónica general fue que los votantes blancos de Ohio sí votaron a Obama seis puntos por delante –42 por ciento– de los otros trabajadores blancos del país que sólo le dieron el 36 por ciento. Pero no cabe engañarse, el presidente demócrata había salvado la industria del automóvil en Ohio en contra de los criterios de un Romney que prefería dejarla caer en 2008. La nación ha cambiado y, previsiblemente, lo hará más en los próximos años sobre todo si se tiene en cuenta que los hispanos pueden llegar a ser el veinte por ciento – hay quien habla de un veinticinco por ciento– del cuerpo electoral hacia 2030. Si el Partido Republicano aspira a medio plazo a ocupar la Casa Blanca tendrá que abrirse a los hispanos y a los negros –a los católicos lo ha hecho con Ryan, pero sin éxito– e ir más allá de presentar algunos aislados en las listas del congreso y del senado. El gran error de Romney se produjo cuando, tras los debates presidenciales, llegó a la conclusión de que no arrastraría a las minorías, como la hispana, a las que había cortejado al inicio de la campaña y optó por centrarse en la búsqueda del voto anglosajón y protestante. El viejo paradigma demográfico camina seguramente hacia su final y no queda más remedio que adaptarse o morir.
En la práctica, podrá decirse que no habrá grandes diferencias entre el hecho de que el vencedor haya sido uno y no otro. Obama, le guste o no, seguirá llevando a cabo una política exterior muy semejante Bush sí deberá concentrarse en la recuperación económica y en la creación de empleo.