Charles ese príncipe

La Razón
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Bien mirado, el mundo siempre está a punto de estallar para algunos y ha estallado para todos los demás. A excepción del príncipe Carlos, que el sábado cumplió 62 años de mullida parsimonia sucesoria, relato de una vida con campiña inglesa al fondo y trono desganado. Su madre, en un diagnóstico médico del doctor-locutor Herrera, «todavía sube a rematar los corners». Ella lleva el barbour y la escopeta debajo de la capa armiño; tiene la popularidad tan blindada que sobreviviría si alguien desclasificara esa foto en la que aparece comiendo un Big Mac en un McDonalds. Mientras al niño-sexagenario se le agranda la tonsura hasta conquistarle el cráneo, Isabel II guarda en el mosaico de su carita de cera varias épocas. Tantas que si suena el teléfono en Buckingham Palace, como en un ejercicio de güija, podrán oírse en el auricular las voces de Churchill, de Thatcher, de Blair y al fin, la recental de Cameron. Es obvio que el príncipe es un afortunado objetor de la Historia porque la Reina está dispuesta a embalsamarse para seguir ganándole el sueldo hasta que sus nietos se decidan a ceñirse la corona siempre que ese día no haya partido de cricket. Sus biógrafos dirán de él que es un héroe porque ha sobrevivido a los Sex Pistols, a Lady Di, a los baños con moqueta y a la comida inglesa. Y siendo la indolencia un estilo de vida, incluso Camila Parker, el amor de su vida, ha sido elegida para no tener que explicar por qué ni siquiera es obligado cumplir con una pírrica coyunda anual. Parece que fueron los ingleses los que dijeron: «Es urgente esperar». Y eso hace Carlos.