En septiembre por Cecilia García

 
 

No soy yo muy entusiasta del verano. Quizá porque las aglomeraciones de Madrid me las encuentro en la playa. Puede que porque el ritual playero me pone menos que ver a Víctor Sandoval sometiéndose a una sesión psicológica en directo para superar su despecho contra Nacho Polo, su antigua pareja pero tan presente que ya empieza a resultar cansina. Eso de ir a la playa como si se fuera a colonizar la isla Perejil –pocas veces he visto tanta agresividad como la que ejercen muchos veraneantes a la hora de intentar clavar la sombrilla en el pie de un bañista de la cantidad que hay, que casi no dejan ver la arena–, con la toalla, la nevera, el pareo, el biquini de quita y pon, los bocadillos de los niños y no tan niños, las sandalias... Pocas veces se asiste a la contradicción de que para estar semidesnudos nos cubramos de tantas cosas. El caso es que estamos finiquitando agosto para mi regocijo ante la perspectiva de septiembre, mes que siempre fue para mí el inicio de curso. Empezó el fútbol y desaparece de mi mente la visión de Xabi Alonso, Fábregas, Puyol o Iniesta en bañador en Ibiza para verles en su estado natural: corriendo por el césped inventando jugadas maravillosas. Las islas pitiusas languidencen melancólicamente para quedarse con sus paisanos y algún turista rezagado que no porfía cala por cala a ver si se encuentra a Eugenia Martínez de Irujo o a alguna «top model». Marbella vuelve a sus esencias y se convierte en un pueblo, precioso, por cierto, y la «pomada» empieza a tomar forma en Madrid.

Cuando ya eres adulto, los inicios de curso son estimulantes. Si no tienes pareja, el otoño parece que se conjura para que conozcas a alguien... y lo que surja, pero al menos unos cuantos meses estás distraída y en un estado de semilevitación y una cara de despiste que no la mejora ni Woody Allen en el peor de sus desconciertos. Y con septiembre también vuelven los estrenos de cine de enjundia. Me postraré sobre la gran pantalla para ver «La piel que habito». Me confieso amante de Pedro Almodóvar y espero que sea un feliz reencuentro que no termine en un gatillazo. Con Antonio Banderas y Elena Anaya parece difícil, pero aún recuerdo el bajón que me produjo «Carne Trémula»... Trémula de desilusión me quede yo tras verla. Y viene también lo nuevo de ese cineasta tan esquivo como generoso con el espectador que responde al nombre de Terence Malick. Dicen que «El árbol de la vida» te reconcilia con el mejor cine.

Septiembre, en fin, es un mes lleno de expectativas y el otoño una estación que nunca defrauda porque casi todo está por estrenar. Que lo disfruten.