Palabras por José Muñoz Clares

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La prima de riesgo, parienta que los españoles no sabíamos que teníamos, se mide en puntos básicos para que nadie entienda algo tan simple como que cada punto básico supone un 1 por ciento de interés de nuestra deuda. Estando hoy a mucho más de quinientos, la cosa sería tan fácil como hablar directamente de porcentajes, y dicho así estamos pagando el gasto diario del Estado a un 7 por ciento de interés o, lo que es lo mismo, o bajan esos tipos o la deuda de hoy la seguirán pagando mis nietos cuando haga tiempo que yo esté tieso y frío como Mercucho. Empezamos a perdernos cuando los economistas, que no son buenas personas, empezaron a hablar de crecimiento negativo y nos lo tragamos. El crecimiento es suma o no es nada; si es negativo se llama pérdida; pero si mantenemos el arranque (crecimiento) y le ponemos un apellido (negativo) entonces no podemos seguir manteniendo que sea crecimiento. Y el fenómeno se ha extendido. Recientemente, en una tesis doctoral en que el doctorando (un juez) había fusilado párrafos enteros de un trabajo anterior de otro estudioso, puesta de relieve la cosa se acabó concluyendo no que el tipo hubiera plagiado sino que había sido «poco exhaustivo en las citas», que es como definir a un atracador como «poco escrupuloso con la propiedad ajena» y dejarlo ir hasta que cambien los términos y le podamos seguir llamando lo que es: atracador. Así va el mundo, señoras y señores, avanzando a golpes de idioma pero sin cambios esenciales en lo único que nos importa que es la puñetera realidad. Así que tengo una hija emigrante en Noruega y no veo el momento de que el resto de mis hijos emigren de este país con los conocimientos adquiridos, porque aquí no hay quien viva.