Bravos toreros ante «adolfos» de fachada

Pasó San José, el turno de las figuras y el toro de medio pelo. Llegó Adolfo Martín y asomó por toriles la inmensidad de una corrida de imponentes pitones, remate en las hechuras y vacío legal en la casta. Sólo fachada.

Alberto Aguilar fue prendido por el segundo de su lote, ayer, en la última corrida de Fallas
Alberto Aguilar fue prendido por el segundo de su lote, ayer, en la última corrida de Fallas

Aplaudida fachada y sorpresa en los tendidos cuando los toros intentaban saltar barrera, más de uno, y de dos, hasta tres, el segundo lo logró; eso sí, de premiarse se hubiera llevado el galardón: salto limpio y preciso. Y regresó al ruedo tras pasearse por la mitad del callejón.
La de Adolfo puso un remate sombrío, aunque para héroes, con nombres y apellidos los toreros.

No le perdonó el sexto a Alberto Aguilar. Una décima de segundo para pensarlo. Una mala idea. ¿Un mal Adolfo? Ni malo ni bueno, de ese montón sin clase ni fondo, pero... Al natural, ese segundo en blanco y volteretón. Sangraba por la espinilla. Teñida de sangre la media en décimas de segundo también. El drama servido para cualquiera. No para él. Cojeaba, sí. Pero ahí, en el ruedo, y dando la cara con el señor toro que le acababa de herir. Había estado muy firme, muy auténtico, sin concesiones, fuera trampas, mano derecha puesta y vamos a torear.

Y tras la herida, vino la espada, la montó, un pinchazo, y entró. Sólo cuando vio asomar el pañuelo por presidencia tomó el camino de la enfermería. Nunca se le vio la prisa, el miedo ni la preocupación. ¿Qué llevaba en la pierna? ¿Cuál era el alcance de la cornada? Bendita locura.

También hizo el esfuerzo con el tercero, que se desplazaba en el primer viaje, pero otra cosa era dar continuidad a la embestida. Ahí no transigía. Aguilar anduvo macizo y contundente.
 Tomás Sánchez se hizo un hueco más grande en el corazón de su tierra. Su seriedad, con tan poco recorrido a la espaldas, impresionaba; tanto o más que los pitones del toro. En los albores de la faena al segundo, tras paso tibio por el caballo, tomó rápido la muleta; como si no diera tiempo a pensar. Tomás le administró el ritmo y de uno en uno, tragando, porque había que tragar las asesinas miradas del animal, sacó pases que luchaban siempre con el segundo envite, en el que el Adolfo se orientaba más. A ley se fue tras la espada y de ley fue la concesión de la oreja, que al presidente le costó soltar, cuando otras tardes cayeron orejas del cielo.

Ganada estaba la puerta grande, pero la espada le crucificó en el quinto. Un calvario pasó por la agilidad de cuello del toro por el derecho. Puso aplomo el torero, del que sale del valor de verdad, y entrega en esos naturales buscando el pitón contrario, anhelo del toreo sin fin... Y en algún resquicio lo encontró y ahí mismo, el Adolfo le hizo presa. Se salvó de puro milagro. Pena de espada.

Rafaelillo contó con la mala suerte. Cumplió con su primero, que nunca acabó de definirse y quedó inédito con el cuarto que se echó nada más comenzar. Bravos toreros ante «adolfos» de fachada.


Un sinsentido matinal
Una novillada de Guadaira, bien presentada pero sin fuerza y de poco juego, no contribuyó a dar más brillantez a unas fiestas que ya de por sí tienen un calendario muy apretado. Y más cuando se tiene todo un año por delante para abrir la plaza. Miguel Giménez (silencio y ovación) dejó ver buenas maneras y no poca disposición con su blando primero y tuvo que arriesgar mucho para conseguir poco con el más parado cuarto. Diego Silveti (ovación y ovación con aviso) hizo muchas cosas y estuvo muy variado con el capote pero no acabó de rematar ninguno de sus trasteos, muy rápidos y con series muy cortas, en tanto que López Simón (vuelta por su cuenta y ovación con aviso) lo tuvo que hacer todo con su inmóvil primero y anduvo bullidor y voluntarioso con el que cerró plaza, otro novillo sin entrega alguna. Informa Paco Delgado.