Literatura

Salgari entre Sandokan y el infierno

Trabajó a destajo y enriqueció a sus editores, aunque su vida dista mucho de las aventuras felices que regaló a sus personajes. El creador de Sandokán soñó otros mundos mientras el suyo se llenaba de muerte.«Mis memorias»Emilio Salgari. Renacimiento. 152 páginas, 16 euros.

Éste es el canto de cisne de un hombre que escribe sus memorias sumido en el quebranto y la extenuación. Un bello canto para Emilio Salgari, porque su autobiografía es a la vez su última ensoñación: revivir la juventud a bordo de barcos surcando mares asiáticos, rememorar el primer e imposible amor adolescente, retomar una vida de pirata que no pudo ir más allá, pues el mar y los peligros fueron sustituidos, aunque pueda parecer una invención, por el periodismo, el escritorio, las novelas escritas a destajo y la muerte: la muerte mental de Ida, su esposa, ingresada en un psiquiátrico y que hundió sus años postreros, su muerte en forma de harakiri el 26 de abril de 1911, en un bosque cercano a su casa de Turín; la muerte prematura de sus hijos Fatima y Nadir, más los suicidas Romero y Omar (el padre del autor también se había quitado la vida en 1889). Pero antes, logra Salgari burlarse de toda esta muerte previa y futura, recordando. Echa la vista atrás. «"Mis memorias"serán, por eso, el coronamiento de toda mi obra: la síntesis, el epílogo», dice en la primera página, melancólica, sufriente.

En la miseria
Sin embargo, el instinto por novelar que tiene el autor es mayor que la tristeza por verse en la miseria tras enriquecer a editores que se aprovecharon de él, y el texto cobra un vigor narrativo y una intensidad propios de la mejor de sus novelas de aventuras, en caso de que «Le mie memorie», publicado en 1928, no sea su mejor obra. Yo me atrevo a decir que sí. Un libro-testamento que se cierra con una especie de diario de sus postreros años –de cuando se intentó quitar la vida por primera vez, en 1909– en el que llora la pérdida de su mujer y siente que «ha llegado el fin» también para él. Un libro, en suma, que precede a sus tres notas de suicidio: una carta a sus hijos, otra dirigida a la Prensa y otra a sus editores, recriminándoles el maltrato económico que había padecido.

Y es que el entretenimiento de tantos niños y adolescentes proviene del sudor, las lágrimas y hasta la sangre de un Salgari obligado por contrato a escribir cuatro novelas anuales a cambio de un dinero que le resultaba a todas luces insuficiente, firmando a menudo con seudónimo para eludir a las editoriales que le querían en exclusiva. Pero antes de esta «dolorosa profesión», Salgari disfrutó de una libertad maravillosa: cuando muy joven se hizo capitán de barco y navegó hasta las tierras que nutrirían sus mejores narraciones: la India de Sandokan, el sultán destronado, también llamado El Tigre de Malasia, que se enfrenta al invasor británico. Salgari tiene «veinte años y una imaginación demasiado romántica» cuando llega al islote de Mompracem, donde va a conocer al famoso rebelde de «ojos penetrantes», de «mirada hipnótica», que «tenía las cualidades características de los grandes dirigentes: conocía a fondo el alma humana y sabía el modo de dominarla». Salgari idolatra así al apuesto y noble pirata, también a su lugarteniente Tremal-Naik, «un hombre excepcional», y a la joven y bellísima mujer de la que se enamorará de una forma trágica, Eva.

Vengar la muerte
De tal modo que él, un marino independiente, simpatiza con la causa de los Tigres, cuya ferocidad es temida por doquier, y se hace revolucionario, justiciero ante los abusos de los países que pretenden aprovecharse de los indios. No es difícil ver concomitancias con esta vida errante y oceánica y la que protagonizará el caballero Roccabruna en «El corsario negro», el cual quiere vengar la muerte de sus hermanos a manos de un poderoso duque. Salgari es testigo del tiempo en que Inglaterra y Holanda intensifican su lucha contra Sandokán; en las memorias vivimos los peligros, las acciones guerreras, las heridas y las fiebres: episodios reales que se volverán ficticios cuando el escritor haya de regresar y poner tierra entre en el mundo del periodismo y de la literatura.

A recorrer esta vida, esta muerte y estos viajes se ha dedicado Ernesto Ferrero (1938), cuyo «El último viaje del capitán Salgari» publica este mes la editorial Ático de los Libros. Se trata de una novela en la que el escritor y crítico literario turinés recrea la existencia de Salgari a partir de las voces de su entorno: sus hijos, una chica que queda encandilada por él, su médico, un periodista que va a verlo en 1909 y se encuentra con «el retrato del cansancio»... Pero el autor más famoso de Italia no iba a tardar mucho en descansar eternamente, con el gesto simbólico de abrirse el cuerpo reclamando el honor que las calamidades familiares y profesionales le habían arrebatado.