Literatura

Nueva York

Faulkner necesita dinero

«Cartas escogidas»William Faulkneralfaguara648 páginas, 22,50 euros.

Faulkner necesita dinero
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Sus inicios fueron poéticos, pero iba a ser su narrativa la que iba a revolucionar la literatura universal, influyendo en un sinfín de escritores que vieron en él a uno de esos creadores clave con los que entender la ficción moderna, como Proust, Kafka y Joyce. William Faulkner (1897-1962) trasladó su mistificación del Sur a novelas transgresoras en lo estético, tras ese primer impulso lírico que le llevó a escribir poemas en los tiempos de su corta experiencia en la Gran Guerra. Esa tendencia por considerarse un poeta se aprecia en las «Cartas escogidas» que acaba de publicar Alfaguara; todo un recorrido biográfico hasta casi el día de su muerte. Una trayectoria vital no especialmente extensa pero muy productiva: la obra de Faulkner es inmensa; está constituida por veinte novelas, más de cien relatos, seis poemarios y adaptaciones teatrales. Detrás de todo ello se detecta una autoexigencia extraordinaria, en busca de combinar formas clásicas y técnicas experimentales, junto, todo hay que decirlo, a escritos de calidad más dudosa que, según él reconoce en el epistolario, redactó lisa y llanamente para vender a revistas.

«Estoy sin blanca»
Y es que el dinero es el centro capital del día a día del autor de «El ruido y la furia», «Sartoris», «Luz de agosto», «Mientras agonizo», «Santuario», «¡Absalón, Absalón!», «Intruso en el polvo»… obras que impactaron por doquier, en especial en América Latina. Es conocida la admiración que profesan por él Vargas Llosa, Carlos Fuentes y García Márquez, pero también Borges tradujo «Las palmeras salvajes» y Onetti dijo: «He leído páginas de Faulkner que me han dado la sensación de que es inútil seguir escribiendo. ¿Para qué? Si él ya hizo todo. Es tan magnífico, tan perfecto». Faulkner pasó sin pena ni gloria por la Universidad, debutó como narrador en 1926 con «La paga de los soldados», se hizo aviador, se casó con una mujer con la que sería muy infeliz, trabajó en Hollywood para la MGM atraído por sus elevados sueldos, y escribió sin descanso, sin importarle que rechazaran sus manuscritos. Escribió «por» instinto, vocación y oficio, pero «para» conseguir dinero con el que financiar la vida de siete personas que dependían de él (su mujer, su hija y dos hijastros, su madre, y la viuda y el hijo de un hermano). La correspondencia está plagada de solicitudes de adelantos económicos, intentos de ofrecer relatos a publicaciones y afirmaciones del tipo: «Estoy sin blanca». En lo personal no pudo mostrarse con más sencillez; a veces hasta puso como excusa el cuidado de su finca para rechazar invitaciones a actos culturales en Nueva York. Cuando recibió el Nobel, dijo que era sólo un granjero que escribía. Sólo un granjero, en efecto, pero que inventó su propio condado sureño, Yoknapatawpha, donde expresó su visión desoladora de la condición humana, poliédrica y trágica. Su objetivo con este espacio legendario lo concretó en una misiva: «He escrito siempre sobre el honor, la verdad, la piedad, la consideración, la capacidad de sobrellevar bien el dolor y la desgracia y la injusticia».

 

Por y para el cine
Faulkner trabajó por temporadas de dos años en Hollywood, el tiempo justo para acumular dinero y saldar deudas, y firmó ocho guiones, entre ellos, clásicos de Howard Hawks como «Tener y no tener» (1944), «El sueño eterno» (1944) –a partir de la novela de Raymond Chandler– y «Tierra de faraones» (1955). Entre las adaptaciones de sus propias novelas, destacan dos de «Santuario»: (en 1932 y 1961). También se llevó a la gran pantalla «Intruso en el polvo», por Clarence Brown, en 1954, y «La escapada», una obra de 1962 que trasladó al celuloide siete años después Mark Rydell, con Steve McQueen.