La fundación

La Razón
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Lo reconozco y lo proclamo. Pocas veces he visto en un político una agilidad de decisión tan clara y generosa como la del Alcalde de Madrid ante una propuesta informal. Así que coincidí con Alberto Ruiz-Gallardón en un restaurante y se lo pedí de sopetón: ¿Para cuando una exposición permanente y la custodia de la ingente obra de Antonio Mingote? –Eso está hecho–. Y en eso hemos quedado. Antonio Mingote nació en Sitges, pero es aragonés. Daroca, Calatayud y Teruel son las tres columnas de su añoranza. Pero Mingote es madrileño por vocación y vida. En Madrid ha creado la mayor parte de su obra. Sesenta años iluminando ABC con su talento. Dibujo, pintura, literatura, teatro, cine, escultura… Nada se le ha resistido. El Alcalde Tierno Galván le nombró «Alcalde Honorario del Retiro». Esperanza Aguirre lo propuso, y su propuesta fue clamorosamente aprobada, para la Medalla de Oro de Madrid. En la Casa de Correos, después de una sintética y sabia semblanza biográfica del entonces Director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, la presidenta de Madrid le entregó la medalla. Antonio es también la vieja Marbella de Edgar Neville. Allí y entonces conoció y se enamoró de su mejor compañera, Isabel Vigiola, que lo hace todo bien menos cantar ópera. Antonio une a su genialidad constante el esfuerzo de un constante trabajo. Acaba de terminar una novela shakesperiana. Su libro «Hombre Sólo» está expuesto con todo honor en la relación de los diez libros más fundamentales de nuestra literatura, en su caso, una poesía gráfica insuperable. Los personajes del carillón del edificio Plus Ultra. El vestido inigualable de la Puerta de Alcalá de Madrid durante su restauración, en tiempos de José María Álvarez del Manzano. El genio, el observador, el trabajador, el escritor, el artista. Decenas de miles de dibujos magistrales. Pinturas al óleo y acrílicos. Bocetos. Figurines teatrales. Decoraciones de escenarios. Guiones de Cine. Ensayos históricos, con sus Historias de la Gente, del Traje y de Madrid, siempre Madrid. Ahora, en sus paseos por San Pedro de Alcántara encuentra cantos rodados y los convierte en pequeñas obras de arte. Allí vive en los veranos, en su propia calle. Eso farda mucho. Antonio Mingote, calle de Antonio Mingote. Sesenta años de hacedor del buen gusto, de la palabra precisa, del humor más alto, es decir, del que nace del sentido común. A sus noventa y dos años sigue evolucionando y sorprendiendo. Picasso le admiraba. Él a lo suyo, sin darse importancia, siempre pudoroso, adversario educado de la vanidad y la soberbia. Dalí, Herreros, Goñi, Doré, el ruso Brodsky… Centenares de artistas de todo el mundo han ilustrado El Quijote. Pero ninguno de ellos ha nublado el nombre de Cervantes, excepto Antonio Mingote. Sus seiscientos dibujos iluminando su pasión literaria han cambiado las tornas de la costumbre. «El Quijote de Mingote», se dice, y don Miguel, tan contento. Explosión de arte, talento y cultura. Muy bien hace el Alcalde de Madrid apoyando sin reservas la conservación y muestra permanente de uno de los legados artísticos más formidables y completos de cuantos hoy se guardan en España. Así estaba en un restaurante, cuando Alberto Ruiz-Gallardón pasó por allí. Y en dos minutos asumió la idea, la mejoró y hasta encontró el cobijo a la maravilla que aguarda. La Fundación y exposición permanente de la obra de Antonio Mingote estará en Madrid. Felicidad completa.