Sara Montiel: «A Rubalcaba le llamo Rasputín»

Ir a la casa de Sara Montiel siempre resulta una extraordinaria aventura. Allí está ella entre sus fotografías y recuerdos, sus plantas y su perro. Ella, inmensa. Más inmensa ahora, tal vez, a su vuelta de Nueva York, donde ha sido homenajeada por el Instituto Cervantes y, a decir de su director, ha despertado tanta expectación como el mismísimo Vargas Llosa. No es extraño, porque no escribe, pero a historias contadas y a conquistas relatadas no la gana ni el premio Nobel.

–Los hombres que la han marcado casi siempre han sido bastante mayores que usted ¿no, Sara?
–El hombre de mi vida fue Severo Ochoa. Estuve con él cinco años. Cuando le conocí yo tenía 23 y él 51. Me hice mujer con él y aprendí muchísimo de Severo. Era un hombre fantástico.
 
–¿Y por qué no prosperó la relación?
 –Se iba a divorciar para que nos casáramos, pero mi madre lo impidió, porque ella me conocía, sabía que mi vida era el cine, y que yo llegaría al estrellato total. Entonces me fui a México y mi carrera iba bastante bien y él no tenía nada que ver con mi carrera y con mi manera de ser. Como personas, como hombre y yo como mujer, sí nos queríamos mucho y nos entendíamos muy bien, pero ni él podía seguirme en mi carrera ni yo seguirle a él.

–¿Y Mihura?
–Miguel fue mi primer hombre, el primer amor de mi vida. Yo estuve muy enamorada y quería casarme. Pero no quiso. Cuando nos conocimos yo tenía 17 años y el 44. Había estado muy enfermo de un tumor en la rodilla y estuvo mucho tiempo en la cama sin poder caminar. Cojeaba bastante, pero era un hombre maravilloso. Como yo era menor de edad, esperamos a que tuviera 21 años pero se fue a hablar con mi madre y le dijo que no se quería casar, porque era muy mayor y yo muy joven. Fue quien me hizo irme a México y quien me pagó los billetes porque yo no tenía dinero. Llevaba una carta suya para José Puche, que había sido ministro de Sanidad con Juan Negrín, el último presidente de la República.
 
–Con quien sí se casó fue con Anthony Mann…
 –Que me llevaba 22 años. Yo tenía la edad de su hija.

–Sin embargo, Pepe Tous era más joven que usted y el otro, Tony, también…
–A Pepe le llevaba yo dos, sí. Y el cubano…¡Tenía 38! Pero eso no fue nada. Me pasó y ya está. Aunque tuve suerte, porque a mí no me costó dinero divorciarme de él; a Liz Taylor cuando se casó con el albañil, le costó un millón de dólares quitárselo de encima.

–Es que las mujeres como usted que han ganado tanto dinero se tienen que andar con ojo…
–Yo he ganado mucho porque he trabajado mucho. Y le he hecho ganar dinero a mucha gente. Sin embargo, he tenido un administrador regular, regulón. Lo demandé por apropiación indebida y el asunto sigue su curso.

–¿Pero se ha apropiado de bastante?
–Me han dejado sólo las casas, que son de dos sociedades y no puedo hacer nada con ellas… Si no, me deja también en la calle. Me ha costado asimilar que he pasado de tener una vida tranquila ya para cantar y viajar cuando quisiera, para poder ayudar a mis hijos, a no tener casi nada.

–¿Por eso sigue trabajando?
–Tengo que trabajar porque también me encuentro bien y me gusta; pero debo ayudar a mis hijos y tirar del carro yo solita. Cuando se murió mi marido, mi hija tenía 12 años y mi hijo 9 y me encontré muy sola. Terrible, porque yo nada más he hecho que trabajar y he ganado muchísimo dinero, pero ahora…

–Lo que nadie le podrá robar son sus recuerdos. Muchos de ellos protagonizados por los hombres más atractivos de su época. ¿Cómo se resistió a los encantos de Marlon Brando?
–Pues porque cuando le conocí ya estaba con Severo. Comimos juntos en los estudios Goldwyn en el 51; él estaba haciendo con Frank Sinatra «Ellos y ellas»; y luego lo volví a ver haciendo él «Sayonara» en los estudios de la Warner, donde yo rodaba«Serenade».

–¿Le tiró los tejos?
–Sí, porque le gustaban mucho las mujeres latinas.

–¿Y James Dean?
 –Ay, no. Era muy feo, muy pequeñín, no veía… Se mató porque no llevaba las gafas ni las lentillas… Pero nada, nada, no valía nada.
 
–Otro tipo de tejos le tiró Buñuel, pero también le rechazó…
 –Es que nunca me ha gustado su cine. Yo le dije que no a dos películas suyas en México. Hace poco estuvo aquí pasando la tarde conmigo Silvia Pinal ,que hizo con Luis esa película horrorosa, horrorosa, «Viridiana». Él me la había ofrecido a mí porque iba mucho a casa de José Puche con su mujer, la francesa y su hijo. Era un punto de encuentro. Allí fue donde conocí a León Felipe, también por mediación de Puche, y a ese maravilloso escritor mexicano que estuvo nominado para el Nobel de Literatura, Alfonso Reyes, a Octavio Paz…
 
–León Felipe le dedicó su último verso, ¿no?
 –Sí, murió a la semana siguiente de escribirlo. Yo me venía el 20 de septiembre y él murió a finales de ese mismo mes.
 
–Qué buenos tiempos los de México, ¿verdad?
 –Yo los recuerdo con mucho cariño. México es un país preciosísimo lleno de artistas, pintores, músicos…Y yo me encontraba en mi salsa con ellos. Tuve la suerte de que me ofrecieran películas muy buenas en los cinco años que pasé allí. Es más, a mí me contrataron para hacer «Veracruz» en Los Ángeles, porque me vieron en «Piel canela» y vinieron a México a buscarme.
 
–Volvió a España en el 56, en tiempos de Franco… Y usted era muy de izquierdas ...
 –Perdona, no, no, no. Lo que pasa es que yo le hago favores a los amigos y le hice uno grande a Pepe Bono para que saliera presidente autónomo de Castilla-La Mancha. Y soy amiga de mucha gente: de Bono, de Pepe Borrell, que lo adoro, de Jose Luis Corcuera y la mujer, que son divinos, y de José María Barreda, que es un chico estupendo.
 
–¿Y qué tal le cae María Dolores de Cospedal?
 –Ah, muy bien. Es muy inteligente. Es muy maja.
 
–El caso es que, cuando vino a España, no sería de izquierdas, pero sí resultaba una mujer escandalosa por lo adelantada que era, ¿no?
 –Adelantada como 20 años. Había estado en EE UU y en México, había conocido a Severo…¡La leche! A mí la gente me llamaba muchas cosas porque llevaba pantalones y por fumar puros.

 –Es que usted era tan adelantada o más que muchas de las mujeres que conoció en Hollywood, como Marilyn Monroe, Greta Garbo, Rita Hayworth…¿Cómo eran ellas?
 –Marilyn era muy pequeñita, muy gordita. La conocí en la casa de Arthur Miller. Acababa de abortar… A Greta Garbo la trajo a casa Tony, mi marido. Tenía unos ojos preciosos, azules como el cielo del desierto cuando se apaga el sol. Los ojos más bonitos que he visto, junto con los de Gary Cooper y Conchita Márquez Piquer… Y Rita era andaluza por parte de padre y abuelo. Todos de la calle Castilla de Sevilla. Y era muy maja, pero no tuvo suerte. Hizo la película «Gilda» y todos se acostaban con Gilda en vez de con ella.

–¡Qué amistades! Antes nombraba a sus amigos políticos y, pese a decirme que no es de izquierdas, todos los que ha mencionado lo eran…
–Pero también conozco a muchos de derechas. A Mariano lo conocí antes de que se casara. Era majísimo.
 
–¿Y le gusta?
 –Sí, me gusta.

–Pues lo tiene complicado, ¿no?
–Lo tenemos todos complicado, hija mía. Al César lo que es del César. Mira, en sus 8 años de Gobierno, José María Aznar dejó a España maravillosamente bien. No había un parado, nena…Llega Zapatero y lo estropea todo. Y ya el Rasputín, ¡no digamos con el Rasputín! A Rubalcaba yo le llamo Rasputín.


Personal e intransferible
Sara tiene una mirada verde y brillante, clarísima, que fuera del espectáculo ofrece sin maquillar «Siempre voy con la cara lavada. Sólo me pinto cuando voy a un sitio con cámaras, si no, me maquillo muy poco». Y realmente no lo necesita. Tiene ochenta y muchos. Cualquiera sabe. Pero da igual. Sigue siendo una mujer bellísima y, pese a su increíble carrera, sencilla. «Hay mucha gente tonta. Las mujeres famosas, más que los hombres, piden esto y aquello porque quieren impresionar. Si no tengo esto no actúo… Pero a mí me parece una tontería». Y ella no es nada tonta. Ni nada afectada. Es una diva, sí, pero con los pies en la tierra. «Me los puso mi madre, que me acompañaba siempre. Murió en el 69, pero la sigo echando de menos. Aunque cuando me voy a la cama hablo con ella y estoy con ella. No me falta». Ni tampoco sus hijos, que pese a dimes y diretes viven con ella, y si no están en casa, doy fe, la llaman a todas horas.


De cerca
«Cuando yo estaba en Hollywood no había un negro. Poitier por el tema de los votos, pero nada más. Y al latino se le veía muy mal. A mí me pusieron ‘'Sarita'' porque Sara era nombre de negra en EEUU y no quería que se me confundiera».